¡Se acabó el trasplante, vuelta a diálisis! Un trasplantado

“[…] llegó el día que siempre sueñas que no llegue, que todo trasplantado tenemos en mente y en el horizonte, pero que deseamos no alcanzar nunca.[…]”

Se acabó el tercer trasplante, Taurino cumplió su papel y con nota. Aún le queda algo de función, pero no la suficiente para ser compatible con la vida y necesito la ayuda de la diálisis.

Por desgracia, llegó el día que siempre sueñas que no llegue, que todo trasplantado tenemos en mente y en el horizonte, pero que deseamos no alcanzar nunca. Ya en octubre tuve un amago fuerte, pero en abril, me dijeron que el filtrado glomerular, la creatinina y diversos factores estaban empeorando mucho e indicaban que antes o después, me tocaría volver a diálisis. Y por desgracia, ha llegado el día. Taurino, que me ha dado unos años magníficos, ha llegado al final, ha terminado su labor (al 90%). Ha sido testigo y cómplice de muchos de los mejores momentos de mi vida, pero se acabó. Empieza otra época. No es el fin del mundo, pero si es un mazazo enorme. Me esperan un par de días muy difíciles anímicamente, la vuelta es complicada.

En mi caso, se une la incertidumbre de que, al ser un cuarto trasplante, cada vez es más difícil trasplantar y hay menos opciones, a veces, aunque intentas que no, ves un futuro negro, otras sólo con nubes y otras muchas lleno de sol y alegría.

El primer trasplante tenía pocos años y el proceso duró tres meses y no tenía edad, ni tiempo de agobiarme. El segundo y tercero, fueron muy seguidos ya que el segundo me duró una semana, se me hizo largo, 4 años de diálisis, pero estaba en casa de mis padres, tenía 24 años y se ve todo de otra manera. Esta cuarta vez, con 42 años, una familia, el trabajo, etc. Se van uniendo circunstancias preciosas, pero que, en estas ocasiones, a veces pesan y dan incertidumbre, menos mal que tengo buen equipo para llevarlo, que digo buen, el mejor equipo, Sara, Amelia, mi familia y amigos.

Sara y Amelia, mi fuerza y mi esperanza, la causa de mi sonrisa y lucha diaria.

Yo siempre intento afrontar estos momentos tan duros y de tanta incertidumbre, con fuerza, con esperanza y con mucha confianza en Dios y en el futuro. El sufrimiento físico y emocional que supone la diálisis es una oportunidad de repensar nuestra vida, ser consciente de lo afortunado que soy por todo lo que tengo, a pesar de la dificultad y de cómo he nacido en el mejor país del mundo para trasplantarse.

Tengo a mi alrededor una gente maravillosa que me ha traído hasta aquí, mis padres, mis hermanos y mis amigos, casi todos ellos han vivido mis tres primeros trasplantes y años de diálisis y ahora en esta nueva travesía por el desierto, cuento con el mejor equipo, el de siempre y dos fichajes estrellas, los mejores fichajes que podía tener, Sara, mi mujer y Amelia, mi hija, que a pesar de su corta edad, 9 meses, parece que entiende los días que estoy peor y está más cariñosa y cercana. Se que entre todos, me harán estos días, meses o años, más llevaderos, más felices y que estén llenos de cosas que merezcan la pena y se sobrepongan al dolor y la limitación física. Lo malo y la desgracia, serán otra oportunidad de crecer y felicidad, de avanzar juntos en una vida limitada, pero plena, imperfecta, pero maravillosa. Cómo el ave fénix, hay que resurgir de las cenizas con más fuerza aún, con mucha resiliencia.

El ave fénix

Y es que, aunque no lo pensemos muchas veces, hasta por el sufrimiento hay que dar gracias (y creo que yo con 20 operaciones, tres trasplantes y 4 años de diálisis, de momento, he tenido experiencia de sobra, aunque me toque ”experimentarme más”) por todo lo que enseña, nos hace más humildes, más de verdad, con esto no dijo mejor, ojo, no se malinterprete. Pero aprendes a ver la esencia de la vida y lo que es prescindible. Ya que cuando te plantas ante una enfermedad, que o vas al hospital cada tres horas a limpiarte o te mueres, te das cuentas que todo lo superfluo y material, es secundario. De esta forma, toman fuerza las personas, los sentimientos, las cosas pequeñas, una sonrisa, un abrazo, hasta derrumbarse y llorar en el hombro de la persona querida, es importante y se convierte en un regalo impagable.

En fin, me toca saltar de nuevo al ruedo, volver a torear la enfermedad y quiera Dios, hacer una estupenda faena y sortear las suertes que conlleva esta patología y salir por la puerta grande con las dos orejas y el rabo lo antes posible. Que sea lo más rápido posible y que el próximo trasplante pueda llegar pronto y por muchos años. Y una vez más, gracias a la familia que regaló 15 maravillosos años de salud y vida. ¡GRACIAS!

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