Ara, siembra, escarda y espera… Un trasplantado.

“[…] No era malo lo que nos gustaba y hacíamos antes, pero si era inadecuado el enfoque y lugar que le dábamos en nuestro orden de prioridades. Que el siglo XXI sea un renacimiento a la vida de verdad, una renacer del humanismo del ser humano. […]”

Canta el gallo por primera vez, aún no ha despuntado el alba. El viejo labrador castellano, con su mirada cansada y su perenne sonrisa, con su cara curtida por el sol, con sus manos arrugadas y agrietadas por el duro trabajo, sus delgados pero fibrosos y recios brazos, con sus piernas torcidas y con su espalda doblada, ya ha dado de comer a sus animales. Con su boina calada, que sólo se levantará para saludar con respeto al cura de la aldea, que pasea por la ermita. Y raudo prepara sus bestias, sean bueyes o mulas, para con el crepúsculo en el horizonte, el morral con el taco y la bota de vino en las alforjas y sus abarcas atadas, marchar a una jornada de campo.

Ermita de Sangarcia (Segovia)

Poco más de dos leguas de camino polvoriento, mojado o nevado, según la época del año, le esperan a él y a una parte de su familia desde Sangarcía, a sus tierras de labor en Santa María la Real de Nieva, donde cultivan doce fanegas o un cahíz. La otra parte de la familia -acompañados de una terna de perros, formada por un tranquilo mastín español, un inquieto podenco conejero y el incansable y fiel chucho, a la sazón el más avispado de todos- buscan pastos para las ovejas entre las sabinas y enebros de Prádena, Pradenilla y Casla, llegando hasta Sepúlveda siguiendo los recovecos del río Caslilla, cuando no andan de camino a las bonitas y queridas tierras extremeñas en la transhumancia.

Abrasadora y larga jornada de trabajo en verano; algo más corta y fresca en primavera y otoño; la más corta y heladora en invierno. Largas horas de duro trabajo esperan, interrumpidas a la hora sexta por la campana de la Iglesia que repica recordando que es la hora del Ángelus y del almuerzo. Siempre agradecido y piadoso, pide o da gracias, según el momento del año, por su cosecha, mientras corta el queso con su navaja y apura una gota de vino peleón que escurre por su bigote.

Igual que cada día tiene su afán, cada mes tiene el suyo.

Así desde agosto toca escardar y limpiar la tierra, con temperaturas superiores a los treinta y cinco grados y con sólo uno o dos pequeños árboles en los que buscar una sombra en la que descansar en este páramo castellano, nada que ver con las deseas extremeñas. Tarea que aún así es mejor empezar en agosto “quien en agosto ara, despensa prepara”. Luego llega el turno de roturar con un arado de reja y a continuación con el rulo, para ablandar la capa superior de la tierra para facilitar el nacimiento y crecimiento de la semilla y favorecer el buen crecimiento de la raíz.

Toca arar, no por debajo de quince centímetros. Labor que se realiza con arado de vertedera para permitir la exposición y oxigenación de la tierra y la circulación del agua hasta las profundidades; faltan una o dos labores más que se hacen con rastra de clavos para moler y deshacer los terrones existentes y para poder nivelar el suelo con una rastra de palo para acabar.

De septiembre a diciembre, la sementera. Anochece cada día más temprano y la rasca aparece cada día antes y más viva. Siembra en surcos paralelos de quince o veinte centímetros. Si no llueve se esparce y araña, si llueve sólo se esparce y labra. Se hace barbecho, una parte no se siembra o se deja para el ganado, al año siguiente leguminosas y para terminar el ciclo, el tercer año cereal. Nunca sembrar con mucha hondura, “arma buena cama y me tapas con una tarama”. Entre finales de septiembre y diciembre el trigo de invierno o ciclo largo. Ni muy pronto, “en septiembre, cosecha y nos siembres”, ni muy tarde, “por la ciega Santa Lucía (trece de diciembre), si sembraras, no cogerías”. La dosis de siembra siempre se hacía a mano, a voleo, se lanzaba la boina al aire y desde donde caía a la distancia de un paso, se echaban nueve granos.

Por junio, crecen los días, aumenta el calor y llega la cosecha. Se hacía con hoz o guadaña. Se cortaba a treinta centímetros del suelo y se hacían haces, un haz es lo que cabe, abrazado, entre una mano y el pecho. Y se amarra haciendo una gavilla. “Sembrarás cuando podrás, pero por San Juan segarás”

En julio para ir terminando, llega la trilla. En la era se esparcían las gavillas y se trillaba en círculos y ochos para separar la espiga de la paja y una vez trillado, se aventaba. Se lanzaba con una verga, o gario, al aire la gavilla y la paja iba a un lado por el viento y el grano caía. Con la paja se hacían otra vez gavillas y se empaqueta. “El que en julio no trilla, en agosto no gavilla”

Se acababa guardando la cosecha en los graneros o troneras, eso es encamarar “al encaramar el trigo, no quiero parientes, ni amigos”, sólo manos curtidos en la labor ayudan.

“En abril, espigado; en mayo, granado; en junio, segado; en julio, trillado, y en agosto, encamarado.”

Y de nuevo con el crepúsculo en el horizonte, apurando las últimas horas del día, vuelven al hogar contando anécdotas, penando o cantando. Dando gracias por otra jornada cumplida y pensando en la generosa cena que les espera, para recuperar fuerzas después de llegar y preparar a las bestias y los animales para el descanso.

¿Y todo esto por qué? Estamos en tiempos de cambio; estamos en tiempo de incertidumbre; estamos en tiempo de dolor; estamos en tiempos de miedo; estamos en tiempos duros; pero estamos en tiempos de esperanza. Y esto sólo me parece comparable al cultivo del trigo. Pero a la antigua usanza, como se hizo desde el Imperio Romano, hasta mediados del siglo XX.

Para esto nos viene bien la paciencia y la esperanza del agricultor que trabaja con fuerza muchos meses, dejando su éxito al buen trabajo, al capricho del sol y las lluvias y a sus jaculaturias.

Estamos confinados e igual que no podemos siempre sembrar cereal o dejar una parte en barbecho muchos años, porque no sería útil, en estos días de cuarentena no podemos pretender estar siempre activos o siempre ociosos. Tan buena es la actividad, como el descanso; los ratos de trabajo, como los de asueto; y cada uno tiene su porque y sus tiempos. Y así debe ser. Y así está bien.

Lo mismo podemos pensar con el futuro, incierto y probablemente duro, como lo era preparar el campo sin saber como sería la cosecha. Pero el esmero y el trabajo en equipo, buscar la excelencia en las artes y hacer en cada momento, lo que hay que hacer, lo que corresponde, apetezca o sea duro, haga frío o calor, y hacerlo bien, nos dará un resultado más próspero. Estos hombres, muchos de ellos muy poco ilustrados durante siglos, eran una auténtica enciclopedia, tan buena en cosas del campo, de los vientos y las lluvias, de nubes y sequías, de las bestias y las personas, como lo es la Historia de España de Menéndez Pidal a la historia.

Pues así, con el empeño, el cariño y la esperanza con la que el viejo agricultor prepara sus tierras de labor cada año, desde niño hasta la vejez, podemos afrontar el futuro después de estos días de encierro.

Podemos roturar, triturar y escardar todos los malos hábitos, envidias, pequeñeces, egoísmos, etc. que teníamos. Todos los placeres efímeros que nos hacían esclavos de nosotros mismos y pensábamos que eran vitales, en cuatro semanas encerrados en casa, nos hemos dado cuenta de que son prescindibles. Y lo que añorábamos pero no siempre cuidábamos, ahora, como el viejo buey, se convierten en esenciales para la labor de dejar renacer a nuestro corazón, nuestro espíritu, nuestras metas y caminos, darnos cuenta que nada cosecharé si no trabajamos juntos, como familias, grupos, sociedad, etc. Anteponer el equipo a la persona, a la larga nos lleva más lejos, nos lleva más felices, nos lleva con menos esfuerzo, nos lleva mejor. Dar importancia a las cosas pequeñas, como el que quita las malas hierbas de una en una o se alegra con cada grano germinado.

Hagamos una sementera de paciencia con el que no sabe o va más lento; de amor al que lo necesita; de compañía al solitario, estar pendiente del vecino; en definitiva mirar por el bien común.

La verdad es que estamos viviendo una da las épocas más puras (y duras) de nuestras vidas. La vida siempre nos impone alguna renuncia, pero este año hemos tenido que renunciar a casi todo. ¿Entenderemos el mensaje y volveremos a una vida más humana y auténtica?

Hace años hago una defensa de la vida y gente con boina. Porque me encanta como prenda, pero sobre todo como forma de vida. Porque antiguamente la gente llevaba una vida más real, de más convivencia, se compartía, se tenía tiempo de calidad para otros, se preocupaban los unos de los otros, con sus miserias como toda sociedad, pero era una vida más plena. Jugaban la partida, hacían tertulia y sobremesa y echaban la tarde a la fresca o tardes de camilla y brasero después de atender el campo y los animales o acabar las labores de cada uno. Siempre se sabía que vecino necesitaba esto o aquello, estaba sano o enfermo o necesitaba una ayuda o la otra.

Estamos ante una oportunidad maravillosa de rehacer el mundo y ojalá sepamos hacerlo. Hace unas semanas nos quejábamos de no poder viajar a no se que sitio, no poder pasar tiempo con nuestros hijos y familias, no tener tiempo para aquella afición, etc. De la noche a la mañana, cosas obvias y normales, ya no lo eran. Lo que era obvio, se convierte en excepcional. Salir a la calle, impensable sin justificaciones contadas; ir a la casa de la playa o la sierra, está prohibido; y así podría seguir. ¿Cuantas veces hemos basado nuestras vidas en impresionar a gente que muchas veces ni nos conocen? Pues podemos dar un giro completo y sorprender a la gente que nos conoce y la que no, empezando por nosotros mismos, desde la humanidad, la humildad, el compañerismo entre semejantes, haciendo un mundo más fácil, que sea habitable y generoso, que no sean todo envidias y malas caras. Decirnos hola cada mañana, sonreír al cruzarnos con alguien. Son tantos detalles que cambiarían tanto nuestras vidas y nuestras sociedades, tan fáciles en teoría, pero tan complicado de llevar a cabo, que sería una pena no darle una vuelta grande a nuestra forma de vivir. Si bien la vida no es tan fácil en una gran ciudad, como en una pequeña ciudad o en un pueblo, hagamos que al menos sea lo más fácil de vivir y convivir posible. No era malo lo que nos gustaba y hacíamos antes, pero si era inadecuado el enfoque y lugar que le dábamos en nuestro orden de prioridades. Que el siglo XXI sea un renacimiento a la vida de verdad, una renacer del humanismo del ser humano.

Que Dios nos inspire y nos dejemos inspirar.

Muchas gracias a Alfonso (agricultor sevillano), Pablo (médico, agricultor y ganadero sevillano), Jorge (ingeniero agrónomo segoviano) y mis vagos recuerdos de infancia segoviana y las historias de familia en Sepulveda, Casla, Sangarcia y Las Navillas.

Dos lentos bueyes aran
en un alcor, cuando el otoño empieza,
y entre las negras testas doblegadas
bajo el pesado yugo,
pende un cesto de juncos y retama,
que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha
un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,
en el oro fluido y verdinoso
del poniente, las sombras se agigantan

Campos de Castilla. (Antonio Machado)

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