El patito feo (o el dolor de una mirada). Un trasplantado.

Uno de mis cuentos favoritos de niño era el patito feo. La transformación del humillado, tímido y avergonzado patito negro, chato y sobre todo diferente a los suyos, al majestuoso, bello, orgulloso de sí mismo y admirado cisne del lago. Imagino lo que debía sentir en las primeras páginas del libro, su dura realidad, rechazado, observado, vilipendiado y lo difícil que debió ser el tránsito y más al saber que le querían comer los que parecía le habían acogido para protegerle y la sorpresa al descubrir lo hermoso y majestuoso que era, al verse tal cual es, al conocerse a sí mismo, al saber su realidad, al asumir y aceptar su grandeza.

Imagen de la primera edición. 11 de noviembre de 1843 (Hans Christian Andersen)
Imagen de la primera edición. 11 de noviembre de 1843 (Hans Christian Andersen)

Este año tan especial, no voy a decir que me he sentido como el patito feo, pero si ha habido veces que cerca. Veces en que de forma lógica por la novedad de ver un amputado, las miradas fijadas en uno, son tantas, que abruma. Unas son de curiosidad, otras compasión (que es tristeza por el padecimiento de alguien e impulso para ayudarle) y otras, las más duras, de lastima (que sólo es la tristeza por el padecimiento de alguien) y hasta asco en contadas, pero dolorosas ocasiones, son los tipos de miradas que he percibido. Y dos personas me han llegado a decir que mejor me tape la pierna que les molesta verlo, que les es desagradable.

En muchas ocasiones, sobre todo al principio, es difícil mirarse al espejo y verse así, no entero, amputado. Aún hoy, casi siete meses después de estar amputado hay días que me cuesta. Lo tengo muy asumido y superado, pero hay algo que días sueltos, actúa como si fuera una fuerza invisible que retira mis ojos de mi propio cuerpo. Gracias a Dios son contadas ocasiones y cada vez más distanciadas. Unido a los días que tenía que ir en silla de ruedas, días de dependencia grande, al ir por la calle y notar las miradas, a veces, se nota una presión, como si tuviéramos un radar para captar todos los ojos que miran.

He tenido la suerte de que no me haya afectado demasiado, aunque no tengo una coraza que me haga insensible para todo. Hay veces que parece como si quiera despertar un sentimiento de culpa, que gracias a Dios, rápidamente se desvanece. Así, un día, como el cisne del cuento, cuando le dice otro cisne que se mire en el agua cristalina del lago y descubra su verdadera y majestuosa esencia y gane confianza y aplomo para ir a por la vida, igual yo, un día decidí que debía ir hacia delante y acostumbrarme a las miradas por ver la prótesis o el muñón cuando no la llevo. Que no podían afectarme y debía acostumbrarme, ya que las miradas, por muchos años que pasen, nunca desaparecerían y es normal por la sorpresa de quien lo ve por primera vez. Como decía mi abuelo Rafael: “si quieres ser feliz como dices, no analices”. Ese día, agarré con firmeza, con mis dos manos a Blas, mi muñón, y decidí que la vida había que disfrutarle y no podían afectarme las críticas de gente sin caridad cristiana, ni cristiana, humana.

Quien tiene una mirada ante esto que crea dolor, me cuesta creer que nadie lo haga con una idea primera de maldad, pero si con un fin último, desconocido para ellos, de falta de caridad como decía. No molesta una mirada curiosa, para eso son geniales los niños que preguntan y se informan y hasta tocan a Blas, el muñón; no molesta un mirada compasiva, es un sentimiento lógico; tampoco una mirada furtiva de sorpresa o de una persona que no puede verlo porque es aprensiva, porque es una sensación inevitable; pero duele como una punzada la mirada de lástima y asco.

Al fin y al cabo, los problemas físicos no son una elección personal que hacemos, sino fruto casi siempre de la mala suerte de la enfermedad. Por ello, os pido miradas de amor para los que tenemos problemas físicos. No dejéis de mirar, incluso de preguntar, pero mirad con amor.
Gracias por adelantado.

En definitiva, todos tenemos un genio dentro en alguna faceta, un hermoso y precioso cisne, que no siempre vemos, que tampoco nos han enseñado a verlo y a creer en él y que a veces gestos, frases y miradas de otros, pueden hacer que, en lugar de ayudarnos a encontrarlo como en el cuento, se esconda más en nuestro interior. Démonos la oportunidad a nosotros mismos y a los demás de encontrar cada uno nuestro cisne, nuestra fortaleza, nuestro leit motiv, nuestra gran centro y motor de vida y seamos felices con el desarrollo de esa parte tan especial, vital y central de nuestras vidas.

En julio hice una encuesta en instagram sobre temas de interés para los que me seguís y este fue uno de los más solicitados para que hablara de el. Llevaba rondando tiempo mi cabeza hacerlo y al final me decidí.

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