Las lágrimas. Un trasplantado.

Que acertado fue llamar a esta vida como un valle de lágrimas. Cuantas de ellas hay a lo largo de la vida. Desde que nacemos, que empezamos nuestra andadura en esta vida llorando, pasando por las alegres, las tristes, las emocionantes, las que tienen mezcla, las de congoja, las de incertidumbre, las de miedo, tantas como circunstancias tiene la vida.

Centrándome en las dolorosas, no quiero llamarlas malas porque no siempre son así, sin duda alguna son duras, pero enseñan mucho; son difíciles de llevar, pero fortalecen el alma; son incomprensibles, pero abren el corazón a lo esencial.

Pero hasta ese punto de suma, se pasa muy mal, se sufre, se llora, se enfada uno con la vida. La enfermedad, o algunos problemas, te quitan vida, te borran la alegría de vivir, te roban las fuerzas y pesan demasiado, pero llega un día que todo el pesar de nuestro sufrimiento, toma un sentido, ese peso no desaparece, ni todo lo malo que vemos y vivimos, que es mucho lo que se pasa, tiene un fin, pero ves que es parte de la misión que Dios tiene para cada uno. Y ese peso se alivia misteriosamente. Y en la penumbra de la incertidumbre, en la oscuridad del miedo, se ve la luz.

Todos estos episodios, conllevan un desprendimiento total de la mayoría de las cosas materiales y de muchos de los sueños de la vida. “Existen bienes particulares que no poseen relación necesaria con la felicidad, ya que sin ellos uno puede ser feliz. A tales bienes no se adhiere la voluntad necesariamente” nos enseñaba Santo Tomás de Aquino. Y de pronto vemos, que la vida, tan contraria a la que soñábamos, tan distinta a la que queríamos, es completa, es feliz, es preciosa, una vez abrazada la Cruz de cada uno.

Por eso, querido amigo que me lees, querido paciente que te estrenas en una enfermedad, querido recién aterrizado en un problema que te atenaza, aunque en el momento en que se está en medio de la tormenta sólo se ve oscuridad, llegarás a esa luz con confianza, con esperanza, y desde mi punto de vista, dejándote hacer por Dios, como el barro en manos del alfarero, con fe ciega y sincera y esperanza grande.

Decía que esto es un valle de lágrimas, pero gracias a esas lágrimas, cogemos fuerzas, ganamos perspectiva y estamos preparados para disfrutar de ese maravilloso florecer de las penas que pasan o de las penas asumidas. Algunas no pasan nunca, pero como el estallido de la primavera después de un largo y frío invierno, de repente un día todo florece, todo brilla, todo es alegría, todo es fuerza y vitalidad y nos vemos renovados para seguir luchando. En ese momento habremos aprendido a llevar nuestra mochila, más o menos pesada, pero siempre ajustada a las fuerzas que tenemos, aunque pensemos que son menos. Esto os lo digo por experiencia. Y lo mejor de todo, es fácil que vuelvan las lágrimas, pero las de la alegría, las de la victoria luchada, las de haber dado todo y haber hecho las cosas con el corazón, lo mejor que sabíamos.

Así es la vida y así evoluciona la adaptación a los problemas, empezamos con lágrimas desgarradoras de dolor y acabamos con lágrimas de fuerza y alegría, lágrimas de vida.

No os olvidéis de una cosa: “¡soy un tipo con suerte! ¡somos unos tipos con suerte!”

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