Hoy hace un año que me amputaban. Un trasplantado.

Hoy hace un año. Hoy han pasado 365 días que estoy amputado. Un día de la Candelaría, para estar en buenas manos. Desde entonces he vivido cosas terribles, pero sin duda ha sido un año maravilloso.

Hoy hace un año que la incertidumbre pasaba a ser certeza; que el miedo se convertía en aliciente; que el dolor se convertía en acicate; que todo lo pensado y soñado se hacía en real.

Primera vez que veía a Blas en mi vida.

Hoy hace un año que los duros ocho meses de incertidumbre ante lo que será, ante lo que podré y ante lo que seré capaz, se convertían en la certeza de la realidad tangible. Un día como hoy dejaba de poder coger en brazos en Amelia, dejábamos de poder ir a dar un paseo el Equipo SAP andando, aunque dimos muchos con la silla de ruedas, sin saber cuando volvería a poder a hacerlo a pie. Dejaba de poder hacer casi todas las cosas básicas que en el día a día damos por hecho.

Lo más emocionante que había para Amelia , ir los dos en la silla. Y para mí no digamos…

Un día como hoy el miedo se convertía en aliciente, mi vida cambiaba para siempre. Y estaba en mí que fuera a peor, se quedara igual o que esta terrible vivencia me llevará a una mejor versión de mi mismo. Aún recuerdo y me recorre un escalofrío tenebroso, como lo hizo en quirófano, cuando toqué por primera vez a Blas, mi muñón. Aún noto las lágrimas cayendo por mi mejilla y la salvadora mano del cirujano apoyándose en mi hombro, en uno de los gestos más humanos que he recibido en mi vida. El mal sueño era una realidad. La de veces que me costó mirar a mi pierna sin quitar la cara. Las lecciones de Amelia, una vez más, al naturalizar lo que hasta entonces parecía inhumano. Con un simple: “Papá no está pie, no está pupa (y se puso a aplaudir)”. Aún hoy algunas veces me parece irreal, injusto y doloroso al mirarlo. Gracias a Dios, es un pensamiento fugaz que igual que viene se va.

De paseo por San Juan de Luz

Un día como hoy el dolor se convertía en acicate. Recuerdo, a los dos días de amputarme, que agarré con cariño y ternura a Blas y como compañeros de viajes que nos estrenábamos en ese momento, le dije, recordando las palabras del Pilun, (Padre Ilundain), un jesuita del colegio, cuando éramos pequeños: “grandes triunfos nos esperan”, pero con una única condición, trabajar duro, con constancia, con tesón, sin límite, sin desfallecer y siendo lo más feliz posible cada día. Sólo así llegaremos a la meta.

Cada uno en su silla.

Un año después miro atrás mientras paseo sólo, con mi bastón o sin él y me emociona ver todo lo conseguido. Que paseamos el Equipo SAP, que puedo llevar a Amelia a hombros, ver que he hecho deporte, que he viajado, que conduzco, que paso consulta, doy mis clases, sigo avanzando en las conferencias, el libro… y encima me decís que os ayudó los que tanto me ayudáis a mí.

Es más, en el colmo de la generosidad y osadía, varios de vosotros me habéis comparado con Nadal estos días. Os lo agradezco, pero me queda mucho. A veces pienso si me emociono demasiado, pero mirad lo que me dijo Susana en LinkedIn a raíz de un mensaje que puse para felicitar a Rafael Nadal: “Compañero sobre tus hombros y vida llevas más de 21 Grand Slam conseguidos. Eres un ejemplo de lucha, constancia, esfuerzo, sabiduría. Estamos contigo Pablo”. Y de este estilo he recibido más de los que nunca imaginé. Como para no abrir el lagrimal de vez en cuando y darle rienda suelta. Sois una pasada.

Dando una conferencia en Viernes Santo a jóvenes del Colegio Everest.

Verme sin una pierna ha sido la experiencia más cruel y terrible que jamás pensé vivir. Pero a la vez me ha permitido saber lo que se siente al dar el primer paso y emocionarme, antes lo daba por hecho y de bebés somos muy pequeños para recordarlo; saber que con esfuerzo y sangre, sudor y lágrimas, nunca más ajustado el dicho, se pueden conseguir muchos de los sueños que tenemos. Que el limite está más en nuestra cabeza que en nuestro buen o mal físico.

Por fin con prótesis e independencia.

Que el mal y el dolor, con actitud, mucha fe y mucha ayuda de los míos, se ha convertido en ese trampolín que me ha hecho crecer como persona, marido, padre, hijo y hermano y amigo más que veinte años de vivir la vida. Que la intensidad de este año me ha recordado una vez más que soy un tipo con suerte. Que tengo infinitas riquezas de las que dar gracias y pequeñas pegas como que me falte una pierna y la otra esté a la espera o tener un tumor. Que la felicidad en parte la creamos con nuestra actitud. Y la mía, cada día más, es comerme la vida a cada instante. No dejar un segundo sin exprimir y sin intentar hacer que el mundo, a mi paso, sea un poco mejor.

Que mejor forma de agradecer que llevar a Madre Ven en Segovia, por la Fuencisla. Y Amelia de amarillo siempre cerca.

Gracias de corazón a todos los que con vuestro cariño, con vuestra oración y mensajes o sólo en la distancia en vuestros pensamientos, habéis hecho que esta etapa que parecía inacabable e inhumana, sin desearla, se haya convertido en una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. A pesar de lo pasado.

Sin duda alguna, ¡soy un tipo con suerte!

¡Qué bonita la vida!, cuando baila su baile
Que se vuelve maldito, cuando cambia de planes
Ahora juega contigo, otras tantas comparte
¡Qué bonita la vida!

Canción “qué bonita es la vida”.

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