Cuidar al que cuida. Un trasplantado.

Hace muchos meses pregunté sobre los temas que eran de más interés y uno de los que quedó en los primeros puestos fue cuidar al que cuida. Y que mejor día para colgarlo que hoy, cumpleaños de Sara, quien más y mejor me cuida. Sin olvidarme de Amelia, la otra pata del Equipo SAP, quien a sus tres años entiende cosas y me enseña a ver la vida de una forma que me deja maravillado.

Para mi es muy importante, tan fundamental el cuidador o acompañante, que el primer post que hice fue dedicado a ellos. Pero, ¿hasta que punto cuidamos a los que nos cuidan? Os voy a contar mi experiencia y lo que yo hago, no como lección, sino por si ayuda.

Sara y yo en un ingreso de 2018. Ella es la roca que me sostiene.

Para ello, voy a hablar desde varios puntos de vista. Como enfermo, como sanitario y como profesor. Todas en la misma persona, pero en distinta dimensión. Y os aseguro que cambia mucho según con que cristal miremos, aunque sea la misma persona en los tres ámbitos.

Como paciente. Lo primero, intento gestionar y dosificar las quejas. Primero por mi, si entro en el circulo vicioso de sólo queja, la dinámica es muy peligrosa y nos puede acercar al abismo. Por otro lado, convivir con alguien lastimero que sólo se queja, puede ser inaguantable. Por ello cuido esa parte mucho.

Amelia cuidándome después de un ingreso en 2020. Una enfermera ejemplar. Estoy en buenas manos.

Por otro lado, el descanso del cuidador. Por ello, salvo que sea imprescindible, y casi nunca lo es, no dejo que duerman conmigo. El descanso es fundamental para el cuidador. Tanto físico, como mental. Por ello, hay que cortar con la enfermedad, hay que tener ratos de dispersión. Una de las cosas que más me gusta cuando estoy ingresado es que Sara vaya a tomar algo y se olvide un rato de mi y de la enfermedad o no, pero que tengo una rato de dispersión.

También intento hacer por estar bien cuanto antes. Porque mi recuperación será mejor y porque será “útil y menos carga” antes. Por eso el otro día, a las 48 horas de operarme ya caminaba, con dolor un kilómetro y medio por la planta y a las cinco días cinco kilómetros. Lo cómodo era quedarme sentado y pedir un calmante. Pero eso hubiera endentecido mi recuperación y hubiera exigido más trabajo y sido mayor pesar para el Equipo SAP y para todos. Pequeños o grandes esfuerzos, que me dan autonomía de forma más acelerada, que ayudan al de al lado y de los que yo soy el más beneficiado.

Como sanitario y como profesor enseño a mis alumnos para que lo hagan, intento cuando voy a una habitación de hospital saludar primero al acompañante. Normalmente los sanitarios les hablan para decirles que se vayan, que salgan de la habitación y poco más. ¿No calculamos el peso y dolor que puede llevar esa persona? Un simple «Hola, ¿Cómo estás?» les da la vida, les abre el corazón y alguna vez alguno se ha desmoronado y se ha liberado conmigo porque era la primera persona en semanas o meses que le preguntaba. Y ellos viven la enfermedad también.

De paseo por Orense en 2019.

Sobre este punto insisto mucho en clase a los alumnos. El enfermo es uno, pero la enfermedad la llevan todos y es injusto que sólo se atienda al que está en la cama ya que es un peso repartido. Insisto muchas veces, en que la pierna físicamente me la han cortado a mi, pero realmente a los tres, cada no en su papel, lo padecemos y vivimos todos.

Ya sea altruistamente o egoístamente, cuanto mejor esté el acompañamiento, más y mejor nos acompañará a los enfermos.

Gracias por cuidarnos, gracias por acompañarnos, gracias por ser.

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