Mi Getsemaní. Un trasplantado.

¿Quién no ha tenido una experiencia no deseada? ¿Quién no ha maldecido su suerte alguna vez? ¿Quién no ha dudado de todo ante alguna vivencia vislumbrada en el horizonte?

Y, ¿quién no ha intentando evitar una situación adversa, negarla o ha querido cambiar el curso de las cosas? Como si fuera nuestro Getsemaní particular, intentamos que nos aparten esa suerte del ruedo y pedir un sobrero que a lo mejor es más sencillo. O no. Y lo mejor de todo, con el transcurrir del tiempo, ¿quién no se ha alegrado alguna vez de lo que en un tiempo pretérito renegó y quiso cambiar?

A veces, al mirar a la puerta de toriles vemos un morlaco grande, con cornamenta tenebrosa y con hechuras y ademanes que no siempre convencen. Pero no podemos salir corriendo. Sólo queda girar la cabeza de lado a lado, a ver si entrar algo más de aire entre el corbatín, la camisa y la garganta, ajustarse la taleguilla, apretarse los machos, ajustar la montera, persignarse, mirar al frente y confiar. E irse a los medios a hacer la mejor faena de nuestra vida.

Y son momentos de mucha intensidad, de mucha conversación interior, de mucho debate personal entre el alma y la mente, la razón y la fe, no precisamente enemigas e incluso grandes amigas bien administradas. Momentos de tanto dolor, no sólo físico, sino emocional, de vibración e inestabilidad de los principales pilares de nuestra vida, tanto, que parece que es el final del mundo. Tanto fue así que Jesús sudó sangre. Ahí prueba la intensidad de algunos momentos límites de nuestras vidas.

Eso mismo es la vida. Como he dicho muchas veces, después del necesario y justo derecho al pataleo, de la queja, incluso de la negación, sólo queda un camino. Avanzar para sortear el problema o caminar a sabiendas de lo que nos espera en lontananza para superarlo. Confianza en nuestras limitadas fuerzas y las más grandes que vienen de Arriba. Y desde ahí, con esos ingredientes, sólo podremos crecer en amor y como personas. Y como no, en ejemplo a otros, para que sepan que hacer en la misma situación. Para que sepan que otro pasó ese trance y salió airoso y adelante.

Pero a la vez, ganar en humildad por sabernos limitados y pequeños, pero que yendo a hombros de gigantes, como decía Bernardo de Chartres, y que mejores hombres y mayor gigante que el mismo Dios, para acercarnos a la mejor versión de nosotros mismos. Mejor versión a la que nunca llegaremos, porque siempre seremos potencialmente mejores. O peores. Pero que en ese pasar del dolor a la confianza, de la negación a la aceptación, siempre desde la humildad, alcanzaremos nuestros mayores niveles de grandeza.

Igual que en Gestsemaní empieza con un súplica de que se aparte ese cáliz, al final, termina con un “hágase según Tú palabra y no la mía”. Así debemos confiar, así debemos ser como el barro en manos del alfarero y dejarnos hacer. Y, cuánta paz me ha dado en mis días más oscuros esta duda de Jesús. Si un Dios duda, ¿cómo iba a ser malo dudar yo, un pequeño humano? Por eso es de mis pasajes favoritos de la Biblia.

Un día, dando un testimonio, como siempre, pensaba en el regalo que es hacer de mi dolor pasado y presente una forma de apostolado y sobre todo, una vía de sanación para la vida presente y futura de otros. La primera vez que lo experimenté me impresionó muchísimo. Luego, al ir conociendo historias, me parece una maravilla, un regalo de Dios.

Una persona que me escuchó, médico, me dijo que un compañero se había convertido al ver la forma de vivir los últimos momentos de la vida de pacientes terminales en paliativos, en personas con Fe. Y es que, la Fe, abrazar la cruz, incluso llegar a quererla y aceptarla de verdad, no quita el dolor, no elimina el miedo, no cesa la incertidumbre, pero si ayuda a no caer en la desesperación y le da sentido a todo. Y el colmo, cuando le da una trascendencia.

No entendemos el sentido de muchos de los males que vivimos, no tienen lógica, aunque confío que algún día lo entenderemos. Yo no veo por qué tengo que pasar tanto, pero la realidad es, analizando en frío y de verdad, que sólo por el bien que me dicen muchas personas que hace mi testimonio, y las que no se, mi padecer ha merecido la pena, mi Getssemaní, será para bien.

«Las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del sufrimiento». San Juan Pablo II

¿Cuántas veces al dejarnos hacer hemos ganado a la larga, aunque a corto plazo hayamos sufrido? ¿Cuántas veces decimos (o pensamos) que confiamos en Dios mientras las cosas salgan como quiero? y, ¿cuántas hemos visto que a veces lo bueno no es lo que queremos, sino lo que conviene?

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