El tren. Un trasplantado.

La vida es un no parar, un correr de acontecimientos uno detrás de otro, llenando días, arrancando meses del calendario, que nos dejan poco tiempo, si no nos empeñamos en vivirlos con paz y con el tiempo que requieren algunas cosas. De esto me doy cuenta sobre todo cuando recuerdo cosas con compañeros del cole o con amigos de las navillas, de cuando echamos los dientes y veo que hace treinta muchos años de muchas cosas. Y ya no va rápido, vuela, cuando veo crecer a Amelia.

Foto de treneando.com

Pero todo ello lleva su tiempo. Y siempre un minuto dura sesenta segundos. Tiempo que podemos hacer rico o dejar pasar. Una de las cosas más maravillosas para mi es pasar tiempo asomado a la ventana de un vagón mirando al infinito y deleitándome con el paisaje. Y haciendo memoria, como era el romanticismo especial de los vagones azules de cercanías, con asientos de cuero marrones y ventanas que se abrían.

En esos viajes teníamos la suerte de que no había móviles. Nos hubiera entretenido mucho, pero nos hubiera privado de muchas horas de sueños maravillosos despiertos, de conversaciones intensas con el pasajero de al lado, otras no tanto, o viajar entre gallinas y personas en cada centímetro cuadrado como viví en China.

Era un tiempo nunca perdido porque nos acercaba a nuestros sueños aunque fuera un rato efímero, a otras personas con otras realidades de las que nunca hubiéramos sabido o simplemente hubiera sido tiempo para nosotros, de nosotros y por nosotros. Tiempo de conocernos y de crecer con ello.

Como en un viaje en tren, hay paisajes maravillosos que estamos deseando volver a pasar por ahí para revivirlo, otros no tan bonitos y túneles eternos que deseamos que acaben. Ahora no hay olores más que los internos, pero cuando se abría la ventana y el tren, en lugar de a 280km/h iba a 40km/h, podíamos casi oler los árboles, llamar a las vacas, ver ciervos, o contar conejos. Que parecido a nuestro yo, a nuestro interior. Que bonitos son algunos lugares, tanto que nos encanta contarlos. Pero que poco nos gusta bajar a limpiar los túneles, que encima de los sitios más feos, son los más sucios y contaminados y por ende los menos visitados. Pero todo ello es nuestra esencia.

Foto de pexel.

A lo mejor, es bueno ir más despacio, coger el cercanías en lugar del ave, o incluso hacer una parada en vía muerta. Un puesta a punto por dentro y por fuera, no sólo la limpieza, una expresión que me encanta, de «lo que ve la suegra». No. Una revisión y limpia completa, con amor, con cariño, sabiendo que cada centímetro revisado y conocido, limpiado de suciedades, no le devolverá la luz al túnel, pero si nos permitirá ver que, aunque no sea el sitio más bonito, no sólo no es malo, sino que nos ayuda mucho aunque sea una labor en la sombra. Eso pasa también con nuestras partes menos vistosas, hasta las que menos nos gustan. Todas las piezas nos construyen como persona, hasta la última arandela llena de grasa es parte de mi, es nuestro yo. No podemos olvidarlas, dejarlas a un lado, sino un día, el tren descarrilará.

Foto de pexel.

La única forma de llegar a la estación es siendo conscientes de cómo es todo el recorrido, de sus partes fáciles y agradables y de las partes que requieren más destreza por parte del maquinista, aunque ahora esté más mecanizado. Por supuesto no podemos olvidar a los que hacen posible el viaje. El fogonero, pareja inseparable del maquinista, en mi caso las fogoneras del Equipo SAP que siempre tenían el fuego del hogar de la máquina y el freno ténder en su punto y sin ellas el viaje sería casi imposible; la guardesa que mantenía los pasos a nivel vigilados evitando desgracias y el calzador que reparaba los desmanes del agua, el frio y el tiempo en los railes y metiendo balastro debajo de las traviesas que así lo requirieran, bien podrían ser mis padrinos, siempre vigilantes, siempre atentos, con trabajo en la sombra, pero imprescindible para el recorrer del tren y además sirva de homenaje para mi padrino Carlos, que dedicó su vida al ferrocarril; los guardafrenos, que frenaban y desenfrenaban con unos frenos que había en cada vagón, que es una labor de hermanos y amigos más cercanos, siempre alertas a las necesidades, incluso despistes, del maquinista; estarían el capataz, el visitador y más figuras que todas dándole una vuelta tiene un a quien parecerse. Pero hay dos figuras importantes en este relato, el guardagujas, que era el que manejaba las agujas de los cambios de vía, imprescindible labor que sólo pueden hacer los padres, un despiste podría ser terrible para el devenir del ferrocarril. Y la última el encargado de todo, el que todo lo sabe, todo lo conoce y sabe lo que hacen todos, el jefe de estación, ese sólo puede ser Dios.

Foto de pexel.

Dicho esto, sólo queda que el jefe de estación o factor se cale la gorra, coja el banderín y salga al andén. Se oye: “pasajeros al tren”. Se oye el silbato. Es la señal de arrancar, ya todo queda en nuestras manos. Ya las decisiones sólo pueden ser nuestras. Por eso debemos conocer tanto el tren como el recorrido, es la única forma de ir seguros. Los demás oficios no pueden hacer el nuestro aunque nos lo faciliten. Es cosa nuestra.

¡Buen viaje a vivir la vida!

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