De la rutina al rito. Un trasplantado.

De la rutina al rito o del rito a la rutina.

Acaba el verano u empieza el curso. Con el, las actividades habituales del día a día durante once meses. Atrás quedan las vacaciones con su cierta laxitud y algo de desorden de horarios. Vuelve la rutina.

Mal entendida, la rutina es mala. Cuando si lo entendemos bien es maravilloso. Cuando pierdes la opción de llevar a cabo la rutina se añora esta. Esa pérdida puede ser por una pérdida de trabajo, una enfermedad, etc. en ese momento valoramos la rutina y pasamos al rito y se convierte en algo glorioso.

Podríamos decir que un ritual es una sucesión de ritos llevados a cabo de forma consciente y ordenada. Es algo bello, constructor de la persona, edificante para nuestra vida.

A veces, como decía mi abuelo Rafael “hacemos rutina de lo sublime” y lo convertimos en algo trivial, aburrido, cíclico sin amor y se convierte en la odiada rutina.

Al estar tantas veces enfermo, tanto tiempo encerrado sin poder hacer lo que quisiera o desearía o simplemente lo que me correspondería por mi edad, se valora esa rutina, dándole valor de ritual, siendo consciente del valor de cada una de las actividades. Ya sean profesionales y laborales como pasar consulta, dar clase en la universidad o dar conferencias; lúdicas, como hacer planes con amigos y poder disertar en los ratos de asueto con una de las mejores medicinas, los buenos amigos que hacen crecer; familiares, la medicina que como la antigua fórmula magistral del sabio y experto boticario, hace diana en el lugar exacto y en el momento adecuado.

Así, todo lo que en un momento la enfermedad te quita, se convierte en un tesoro de incalculable valor por el que cualquier bucanero de la historia surcaría veloz todos los mares por conseguirlo. El problema es cuando dejamos de ver como un regalo lo que así es y pasamos a verlo como una alforja pesada que llevar, entonces, corremos el riesgo de ser como los viejos bueyes tristes y cansados de las viejas yuntas castellanas que tiran sin valorar su maravillosa acción o el cansado boyero sin muchos sueños y casi ninguna ilusión, que no alcanza a ver que sin su sencilla, pero gran acción, no habría leña o grano o harina en la aldea.

Valoremos la dicha de poder ir a trabajar, de poder ir con amigos, de poder hacer lo que debemos casi siempre y lo que queremos en menos ocasiones. Hagamos de esa pesada rutina que nos atenaza una sucesión de ritos, para en ese paso al ritual, hacer de la vida algo mágico, algo que cada día nos ilusiona y nos hace crecer. Hagamos de cada momento algo mágico, vaciándonos en cada actividad de cada momento con el amor que merece. Sólo así, seremos conscientes del regalo que es.

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