Vivir enfermo es caro… pero no vivir sería mucho más.

Después de 14 meses he vuelto a quirófano, mi 38ª cirugía. Nada grave, cambiar el catéter, ha ido genial, pero rompe la racha y recuerda que la tregua nunca es definitiva. Vivir enfermo es aprender que siempre hay algo: un susto o una prueba, una intervención o una espera, algo grande o algo pequeño, pero siempre algo. Y uno aprende a vivir así, con un ojo puesto en la vida y otro en la fragilidad.

Con el tiempo se van acumulando goteras. El cuerpo habla más alto, los efectos secundarios pesan, las fuerzas ya no responden igual y lo que antes era automático ahora necesita pausa, cálculo y, muchas veces, fe. Fe para levantarse, para no rendirse, para seguir amando incluso cuando el cuerpo pide tregua.
Porque sí, vivir enfermo es caro. Es caro en tiempo, en energía, en miedo y en renuncias invisibles. Pero hay algo que pesa más en la balanza. Levantarse un día más es riqueza. Ir a trabajar es riqueza. Caminar, aunque duela, es riqueza. Cansarse es riqueza. Porque lo verdaderamente caro sería no levantarse, no trabajar, no caminar, no sentir nada.

La vida no es una lista de pérdidas, es un inventario silencioso de regalos que solo aprende a leer quien ha estado cerca de perderlo todo. Y entonces uno entiende que las grietas no son el final, que las cicatrices no restan y que las goteras no hunden la casa si todavía hay vida dentro.
Este es el precio de vivir, enfermo o sano: susto o muerte, algo grande o algo pequeño, pero siempre algo. Y aun así, aquí seguimos, respirando, amando, construyendo vida con las manos que tenemos.

Y cuando no entiendo nada, cuando los “por qué” se clavan dentro y no encuentro respuestas, solo me queda parar, tomar aire —como quien toma una aspirina— y mirar al cielo para decir: Gracias, Señor. Gracias por la vida que tengo, incluso cuando pesa. Gracias por lo que no comprendo, porque me obliga a confiar. Gracias por sostenerme cuando mis fuerzas no alcanzan. Gracias, sobre todo, por regalarme un día más para vivir, para amar y para aprender.
Porque sí: vivir enfermo es caro, pero no vivirlo sería infinitamente más.


