Hoy es uno de esos días que no deberían pasar desapercibidos.
El 25 de marzo, la Anunciación, se celebra el sí más decisivo de la historia. Un sí a la Vida cuando todavía todo era incertidumbre. Un sí sin garantías, sin certezas humanas, pero con una confianza radical en que la vida, incluso en su forma más frágil, siempre merece ser acogida.
Y este mismo día —o mejor dicho, esta misma semana— celebramos también el Día Nacional del Trasplante. Otra forma de decir sí a la vida. Otra forma de sostenerla cuando parece que se apaga.
No es casualidad. O quizá sí, pero de esas casualidades que dicen mucho.
Porque la vida no es solo algo que empieza. Es algo que se cuida, que se protege, que se entrega. Desde su fecundación hasta su fin natural. Y cuando una sociedad deja de entender esto, cuando empieza a relativizar el valor de la vida según su estado, su utilidad o su circunstancia… entonces deja de avanzar. Y empieza a perderse.

Yo estoy aquí por muchos “sí”.
El primero, el de mis padres. Un sí a la vida cuando no había luz. Cuando el miedo pesaba más que la esperanza. Cuando lo fácil habría sido rendirse. Pero no lo hicieron. Apostaron por la vida, por mi vida, cuando todavía nadie podía prometerles nada.
Y después, otros tres sí. Tres familias que, en medio del dolor más profundo que puede vivir una persona —la pérdida de un ser querido—, decidieron mirar más allá de su propio sufrimiento y regalar vida.
Sin aplausos. Sin agradecimientos directos. Sin saber siquiera a quién estaban salvando.
Ese tipo de amor… no se puede explicar del todo. Solo se puede contemplar en silencio y, si uno es afortunado, intentar estar a la altura.
A mí me regalaron 22 años maravillosos. 22 años que no estaban en ningún pronóstico. 22 años que no eran “seguros”. 22 años que alguien decidió que merecía la pena regalar.
Por eso, cuando hablo de donación, no hablo de un gesto bonito. Hablo de uno de los actos de amor más grandes que he conocido. Porque dar vida cuando tú ya no la vas a vivir… es una forma de eternidad.
Y por eso, cuando hablo de la vida, no hablo de un concepto. Hablo de un tesoro. De algo concreto, frágil, irrepetible. Algo que no se fabrica, que no se sustituye, que no se mide en términos de utilidad.
Algo que se recibe. Y se defiende. Hoy, más que nunca, merece la pena recordarlo.
Que la vida es siempre un don. Que cada día cuenta. Que cada historia importa.
Y que estamos llamados no solo a vivir… sino a sostener la vida de otros cuando podamos. Porque al final, todo se resume en eso: en aprender a decir sí.

