El otro día comimos un grupo de amigos. Sin más. Como tantas otras veces. Una mesa cualquiera, comida compartida, conversaciones que van y vienen. De esas que no hacen ruido, pero te reconcilian un poco con todo.

Pero no era solo una comida. Era otra cosa. Quedamos para celebrar la vida, aunque no lo dijéramos en voz alta.
Quedamos para celebrar a Gus. Porque iba en el tren de Adamuz y no les pasó nada ni a él ni a su familia. Pudieron seguir con su vida… aunque en el fondo sepamos que después de algo así nada vuelve a ser exactamente igual.

Quedamos para celebrar la amistad. La de verdad. La que no pregunta, no exige, no corre. La que se sienta contigo y te recuerda, sin palabras, que estás a salvo.
Celebramos despacio. Sin prisa. Como se celebran las cosas importantes. Celebramos seguir aquí. Respirar. Abrazarnos. Mirarnos a los ojos y darnos cuenta de que hoy ha ido bien. Y eso ya es mucho.

Y al llegar a casa me quedé dándole vueltas.
¿Has dado gracias hoy?
¿Te has guardado un “te quiero” por pudor o por costumbre o te has dejado un beso sin dar, pensando que mañana será igual?
Porque la vida no avisa. Porque a veces gira de golpe. Y porque casi siempre lo importante se nos cuela en las cosas pequeñas.


