Ayer volví a subir a un escenario que no se pisa con los pies, sino con el alma. Volví a hablar en el Congreso Nacional Provida. Y, mientras esperaba mi turno, sentía esa mezcla de vértigo y gratitud que solo provocan las cosas que tocan lo más hondo de tu historia.

No era una ponencia más. Era volver a poner palabras a lo que más me ha dolido… y a lo que más me ha salvado.
Hablar del dolor y de lo que me ha enseñado siempre me desarma. Porque el dolor no me quitó la vida; me obligó a comprenderla mejor. Me enseñó que la fragilidad no resta dignidad. Que la dependencia no borra el valor. Que la vida, incluso cuando duele, sigue siendo sagrada.

Vivimos en una cultura que descarta con demasiada facilidad. El aborto y la eutanasia se presentan como soluciones compasivas, mientras la vida del frágil, del no nacido, del enfermo o del anciano parece valer cada vez menos. Ese es el verdadero drama: hemos empezado a medir la dignidad en función de la autonomía y no del simple hecho de existir.
Yo estoy aquí por un “sí”. Cuando el diagnóstico apuntaba a que no viviría más de un año, mis padres dijeron sí a la vida. Sí cuando lo fácil era el miedo. Sí cuando el pronóstico era muerte. Ese sí me trajo hasta aquí. Ese sí me permitió amar, sufrir, caer, levantarme, casarme, ser padre.

Defender la vida no es gritar más alto. Es acompañar mejor. Es abrazar sin juzgar. Es ofrecer esperanza real. Es rezar y luchar cada día para que nadie se sienta solo ante el abismo.
Provida no es una consigna. Es una forma de mirar al ser humano y decirle: tú importas. Siempre. Ayer hablé de todo esto. Y di gracias.
Porque cada vida cuenta. También la que sufre. Sobre todo la que sufre.
Gracias Asociacion Provida por este congreso y hacer tanto por la vida y universidad Ceu, acdp y fertilitas por poner la sitio y ayudar a hacerlo posible

