De nuevo los jóvenes. Y siempre la misma conclusión.
“¡Qué regalo más grande!”
Estos días he podido estar con jóvenes en el IES Ostippo , en Estepa, Sevilla. También con universitarios de ADE y Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria . Y con un grupo de profesionales comprometidos desde la Parroquia Buen Suceso de Madrid. Todos jóvenes, inquietos, inteligentes.

Distintos lugares, edades, etapas vitales y circunstancias distintas… pero la misma sed por dentro.
Les miro a los ojos y veo algo maravilloso: ganas enormes de vivir, mezcladas con el miedo a no saber cómo hacerlo bien,
a equivocarse, a no estar a la altura, a que la vida duela demasiado.
Y entonces vuelve la magia. El encuentro. Mi historia —con límites, heridas y cicatrices— deja de ser solo mía. Mi sufrimiento empieza a servir. Y cuando el dolor sirve, deja de pesar tanto.

Si mi vida, tal y como es, consigue dar fuerza a un joven, recordarle que vivir es un regalo,
que la vida no es perfecta pero sí es un don,
entonces todo cobra sentido.
Hoy he recibido más de 20 mensajes. Mensajes de agradecimiento. Mensajes honestos.
Alguno de ellos me ha hecho parar, respirar despacio… y emocionarme de verdad.

Porque cuando un joven te escribe desde el corazón, no te está dando las gracias:
te está confiando su vida.
Y yo solo puedo dar gracias. Por ser un tipo con suerte. Por poder crecer cada día. Por seguir aprendiendo. Por ser, a pesar de todo, profundamente feliz.
Si eres joven y estás leyendo esto: no estás roto, no llegas tarde, no vas mal. La vida merece la pena. Tú mereces la vida.

Y si eres adulto y esto te ha removido algo por dentro… igual es el momento de hablar. De no callarte. De llamar.
Aquí estamos. Para caminar juntos.

