Podían haber empezado el día previo a la boda de muchas formas. Con prisas, fotos, ruido o copas.
Pero eligieron empezar de rodillas.
Misa y adoración (última foto). Amigos alrededor. Canciones que rezan, miradas que sostienen y silencios que abrazan. Todo girando en torno a Dios, el único anclaje que no se mueve cuando el mundo tiembla.
Allí entendí —una vez más— que es verdad eso de: “Dime con quién andas y te diré quién eres.”

No hacía falta explicar nada. Se notaba. Gente con raíz, con peso, con hondura. Relaciones con cimiento y no de escaparate. Presencia y no postureo. Verdad y no ruido.
Llego el día de la boda. Como tío, me emocioné mucho. Porque allí se respiraba amor del bueno: trabajado, probado, paciente… y con madera para durar.

No fue solo la unión de dos. Fue el nacimiento de un “nosotros” de tres, contigo en el centro, Señor.
Tres corazones unidos por miradas que hablan solas, silencios cargados de sentido y un amor auténtico, sin artificios ni escaparates.
La ceremonia fue un regalo. Una homilía hermosa en la que el sacerdote —con permiso de los novios— compartió anécdotas de su historia. Historias sencillas y profundas que mostraban lo grande y sólido de su amor: cuidado mutuo, paciencia, fe y entrega.

Las miradas de los hermanos. La emoción de padres y abuelos y el cariño de los amigos decían todo
Qué regalo de pareja sois. Que este inicio sea solo el comienzo de una vida creciendo juntos, amando mejor cada día y abriendo vuestra casa a la vida y a la luz.
Querido Pelayo, siempre has sido especial para mí. Es un orgullo ser tu tío.

Y desde ayer, querida Isa, también lo es ser tu tío. Gracias por tu ternura y tu verdad.
Porque casarse no es solo un día. Es una misión compartida: empezar de rodillas… y caminar toda la vida de la mano.


