Llega la última semana del año. Entre Navidad y año nuevo. Es una semana rara. No es buena, ni mala, ni todo lo contrario. Es especial.
La melancolía se cuela en cada poro mientras al corazón y la mente se agolpan y asoman miles de recuerdos. Aciertos, errores y otros que sacan una sonrisa sin poder evitarlo.

Risas. Miradas cómplices. Momentos que ya no volverán, pero que siguen vivos. Con Sara y Amelia. Los tres. A veces solo dos. Conversaciones con mis padres. Silencios con algún amigo.
Conversaciones con algo alumno que busca entender, un paciente que se entrega a mi saber o alguien que escucha una conferencia y mis heridas cerradas le ayudan a curar y cicatrizar las suyas.
Esta sensación me acompaña desde que tengo uso de razón. Es una mezcla rara de alegría y recuerdo. Re-cordis: volver a pasar por el corazón. Y al mismo tiempo la certeza de que ganamos vida mientras perdemos horizonte de ella.
Aún así, como os decía no es malo y en el fondo me gusta esta sensación. Es una forma de crecer y avanzar, conocernos y aceptarnos.
Y al final todo está en manos de Dios. Es confiar.

