Hoy: reconoce tu fragilidad sin vergüenza.
Ahí es donde Dios hace nido.
Hay tradiciones que, que aunque uno no quiera vuelven sin cesar. Una es la de que se compliquen todos mis procesos médicos.
Ayer fue uno de esos días. Me cambiaron el catéter y, ya por la noche, empezó a sangrar mucho. Un hematoma grande, la sangre que no paraba de drenar, la inquietud creciendo poco a poco. Urgencias. De 9:30 de la mañana a 18:30 de la tarde. Horas largas. Muy largas. El cuerpo expuesto, la espera, el cansancio acumulado… y esa sensación tan conocida de volver a ser frágil.
Al final, por ahora, todo quedó en un susto.
Y sí, es agotador. Mucho. Pero también es parte del precio de vivir en un cuerpo enfermo. Un cuerpo que no siempre responde como quisiéramos, que a veces se adelanta con su límite y nos recuerda, sin pedir permiso, que no lo controlamos todo.
Con los años he ido aprendiendo algo que no siempre resulta fácil aceptar: no todo lo que duele necesita una explicación. No siempre hay un porqué claro al que aferrarse. A veces solo hay un camino más hondo: confiar. Dejar de pelear con la pregunta y descansar en Aquel que sostiene incluso cuando no entendemos.
Adviento habla justo de esto. De esperar sin certezas. De preparar el corazón desde la vulnerabilidad. De creer que Dios no llega cuando todo está en orden, sino cuando nos reconocemos necesitados.
Dios no hace nido en la autosuficiencia. Lo hace en la fragilidad acogida. En el miedo nombrado. En el cansancio ofrecido.

Por eso hoy, incluso desde el agotamiento, doy gracias.
Por cada día regalado.
Por seguir aquí.
Por aprender, una vez más, que no tengo que ser fuerte para ser amado.
Reconocer la fragilidad no es rendirse. Es abrir espacio. Y confiar en que, también ahí, Dios está llegando.

