¿Cuándo decidimos que la vida tenía que ser perfecta para ser valiosa?

Vivimos en una época en la que parece que hasta las vacaciones vienen con un guion perfecto: playas sin nubes, cuerpos sin cicatrices, sonrisas sin cansancio, familias sin discusiones y planes sin imprevistos.
Y si no encajas en esa postal… sientes que fallas.
Pero la verdad —la que no sale en las fotos editadas— es que la vida real nunca ha sido perfecta. Y ahí está justamente su belleza… y su dignidad.
He aprendido, también gracias a muchos de vosotros, que la imperfección no es una amenaza, sino un recordatorio de que somos vulnerables, sí… pero también capaces de levantarnos, de amar y de seguir.

A veces sois vosotros quienes, con un mensaje, una oración o una palabra sencilla, me recordáis que la vida no necesita filtros para ser valiosa. Y eso, de verdad, lo agradezco.
Tu día a día quizá no sea perfecto.
Quizá tu cuerpo no pueda todo.
Quizá las cicatrices —las visibles y las que no se ven— pesen más de la cuenta.
Quizá te toque improvisar, renunciar o simplemente descansar como puedas.
Y está bien.
Porque nuestra dignidad no está en las fotos ni en los planes, sino en esa mirada de Dios que nos dice: “Así, tal como estás, sigues siendo amado.”
Ser imperfecto es también un modo de dar gracias: por lo que tenemos, por lo que somos, por quienes caminan con nosotros incluso cuando no brillamos.

Gracias, de corazón, por ser parte de ese camino.
Guárdalo o compártelo con alguien que necesite recordar que no tiene que ser perfecto para ser amado.



2 comentarios
La vida no la hacemos. Ahí fuera hay cosas que vemos y cosas que nos suceden. La vida es el cómo lo percibimos y aprendemos de ello
Así es, Juanjo, nuestra actitud cuenta mucho. Un abrazo