Hay una parte de la vida que todos intentamos mantener a salvo, un lugar que protegemos no por falsedad sino por miedo: miedo a que nos conozcan demasiado, a que alguien vea lo que no controlamos, lo que no encaja, lo que nos cuesta incluso mirar a nosotros mismos.

Vamos aprendiendo a vivir con cierta máscara, no para engañar, sino para sostenernos. Y, aun así, sabemos que delante de Dios esa máscara no sirve, porque Él ya ve lo que hay detrás. Y es precisamente ahí donde entra el Jueves Santo, no como algo bonito, sino como algo que toca lo real.
Porque dejar que te laven los pies es permitir que alguien llegue justo a ese lugar. A lo que no luce. A lo que se ensucia en el camino. A lo que normalmente escondemos. Y eso cuesta más que ayudar, más que dar, porque nos sentimos más cómodos siendo necesarios que siendo necesitados.

Pero al mirar la cruz, aparece algo aún más desconcertante. No es solo un hombre sufriendo. Es una mirada. Una mirada que, aun vencida, sigue siendo serena. Y, abajo, otra mirada que busca, que abraza, que se aferra. Parece que es el hombre quien sostiene a Cristo… pero, en realidad, es Cristo quien lo sostiene a él.
Porque el mismo que está clavado, el mismo que parece no poder más, es el que sigue sosteniendo. El que no deja de amar. El que no aparta la mirada de tu vida, ni siquiera en tus caídas, ni en lo que escondes, ni en lo que no sabes cómo resolver.
No tenemos que sostener ni poder con todo. Que hay Alguien que, incluso desde la cruz, incluso en el dolor, incluso en lo más oscuro del día a día… te sigue sosteniendo a ti.
Y quizá lo único que queda es eso: dejar de esconderte, bajar la máscara y permitir que te alcance ahí donde más te cuesta, porque justo ahí ,no en otra parte, es donde Él ya está.


