Ayer llegué a casa a las 23:00. Reventado. De esos días que te pesan hasta los zapatos. Entré en el cuarto solo para cambiarme… y allí, sobre la cama, me esperaba un sobre doblado, con una cruz pintada en rojo, un lazo azul y un corazón.

Dentro, con esa letra que todavía está aprendiendo a conquistar el mundo:
“Papá te quiero mucho. Eres el mejor padre del universo. Espero que te guste. De parte de Amelia. Mua, mua.” Y por detrás “Equipo… ISAPI! Te queremos, mamá y yo, papá. Mua, mua, mua. 💗”
Me senté. Porque hay regalos que no se abren con las manos, se abren con el alma.
Muchas veces oigo hablar mal del matrimonio. O de la paternidad. Como si fueran una carga. Como si amar comprometido fuera perder libertad.

Yo no quiero, no puedo, hablar así.
Ser marido de Sara ha sido el mayor regalo de mi vida. No es frase bonita. Es verdad probada en hospitales, en noches largas, en incertidumbres. Amar así no resta: multiplica. Y de ese amor nació Amelia, el tesoro que compartimos y que cada día me regala vida.
Claro que hay renuncias. He dormido menos. He cambiado planes. He dejado cosas atrás.
Pero también he descubierto lo que es que una niña confíe en ti sin fisuras. Que en mitad de la noche solo quiera tus brazos. Que te mire como si fueras invencible cuando sabes perfectamente que no lo eres.
Eso no es carga. Es vocación.

He renunciado a cosas por casarme, sí. Pero es imposible tener mejor compañera que Sara. Elegirnos cada día, también en lo malo, nos ha hecho más humanos. Y así lo bueno se disfruta el doble.
Anoche llegué agotado.
Hoy me he levantado sostenido.
Porque el matrimonio y la paternidad no te quitan vida. Te la ensanchan. Te la ordenan. Te la devuelven multiplicada.
Y a veces… viene en forma de cruz roja, corazón torcido y un “Papá, te quiero mucho”.
¿Qué hace que todo en tu vida merezca la pena, incluso en los días más duros?Etiqueta a esa persona que te sostiene cuando ya no puedes más. Te leo.


