Llegó el día.
El domingo 5 de abril de 2026, Pascua de Resurrección, llegó el día que tanto soñábamos y tanto habíamos rezado. Hay momentos en la vida que no caben en palabras, pero aun así uno siente la necesidad de escribirlos para no olvidar nunca lo que se ha sentido al vivirlos.
Fue un regalo inmenso recibir la llamada juntos, Sara y yo. Una llamada que no era solo una llamada, sino la forma concreta en la que todos los miedos, todas las noches en vela, todos los deseos acumulados durante tanto tiempo, se hacían realidad de golpe. En esa llamada también estaba presente una familia que, en medio de su mayor dolor, decidió regalarnos vida. Nunca habrá palabras suficientes para agradecer algo así.

Ese riñón venía de Castellón, un lugar que para nosotros siempre ha significado descanso, verano, familia y que ahora queda unido para siempre a nuestra vida, a esta nueva oportunidad. Como si todo, de alguna manera, hubiera estado conectado desde mucho antes.

Otro regalo fue poder hacer esa videollamada para contárselo a mis padres y a Amelia. Ver sus caras, su emoción sincera, profunda, sin filtros, fue uno de esos instantes que se quedan grabados para siempre. No hizo falta decir mucho. La alegría hablaba sola.
Lo hemos rezado mucho. Nosotros, vosotros. Lo he soñado muchas veces. Y cuando por fin llega, uno se da cuenta de que la espera también tenía sentido, que todo ese camino duro formaba parte de este momento.
Están siendo días intensos: dolor, cansancio, UVI, sueros y ahora la habitación. Y, sin embargo, hay una emoción nueva cada vez que soy consciente de que he salido de la UVI trasplantado. Una emoción que arranca de raíz el peso de todo lo vivido, de algo tan duro y tan sacrificado como la diálisis.
Por delante hay días, semanas, años de vida normal. Algo tan sencillo —y a la vez tan inmenso— como poder beber un vaso de agua sin pensar, sin medir, sin cargo de conciencia incluso aunque luego decida no beberlo. Esa libertad, que parece pequeña, es en realidad gigantesca.
La Resurrección es la vuelta a la vida de Jesucristo. Y este trasplante, para mí, es también una vuelta a la vida. Una salida del infierno de la diálisis hacia algo que vuelve a parecerse a vivir de verdad.
Y aún hay algo más que no quiero dejar de mirar con asombro: el jueves hubo otro órgano, pero no estaba en buen estado y no me llamaron. Era casi imposible que llegara un cuarto trasplante… y, sin embargo, en una semana hubo dos oportunidades. No sé explicarlo de otra manera.
Alabado sea Dios.

