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Sábado santo. Un trasplantado.

“Sin hacer ruido. Sin respuestas. Pero sin soltarte. Y quizá eso también es creer: no tener todo claro, no sentir casi nada… sino dejarse sostener.”

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Hay días en los que esperas que Dios haga algo. Que cambie lo que estás viviendo, que alivie de verdad lo que duele, que intervenga de alguna manera. Pero no pasa. No hay respuesta clara, no hay giro, no hay nada que encaje. Solo queda un silencio que pesa y que, si no tienes cuidado, empieza a parecer ausencia.

Yo eso lo he vivido muchas veces en la enfermedad. Días en los que el cuerpo no responde, en los que todo cuesta más, en los que no hay nada extraordinario, ningún milagro, ningún alivio inmediato… y aun así tienes que seguir. Y ahí, con el tiempo, he ido descubriendo algo que al principio no veía: que Dios no siempre quita la cruz, pero nunca te deja solo dentro de ella.

Mi dolor no desaparece, pero cambia. Porque deja de ser solo mío. Porque Él no mira desde fuera, sino que entra, lo habita, lo sostiene conmigo. Y eso no lo hace más fácil por fuera, pero sí más llevadero por dentro.

Y en ese misterio hay alguien que nunca falta. María. Ella estuvo junto a su Hijo en todo. También en el dolor más desgarrador. Estuvo al pie de la cruz cuando todo parecía perder sentido, cuando la promesa parecía romperse, cuando el silencio de Dios era más oscuro. Estuvo con el corazón atravesado, sosteniendo una fe que también pasaba por la herida… y por la oscuridad.

Y después… se quedó sola. El Sábado Santo es, de alguna manera, el día de la soledad de María. Sin su Hijo. Sin respuestas. Sin signos. Sin nada a lo que agarrarse por fuera.

Solo con una promesa que, en ese momento, no se ve. Solo con una fe que no se siente. Y aun así, permanece. No huye. No se rompe. No se va. Sostiene, en silencio, lo que parece insostenible. Y eso lo cambia todo.

Porque cuando llega ese momento en el que la fe ya no se siente, en el que no hay consuelo, ni paz especial, ni señales… cuando solo queda una fe desnuda, frágil, casi agotada… entonces mirar a María enseña un camino.

Porque hay un momento en el que ya no sabes sostenerte tú. En el que todo pesa demasiado. Y entonces descubres que no estás solo, que hay una Madre que ha pasado por esa misma soledad, que conoce ese silencio, y que permanece contigo como permaneció entonces.

Sin hacer ruido. Sin respuestas. Pero sin soltarte. Y quizá eso también es creer: no tener todo claro, no sentir casi nada… sino dejarse sostener.

Incluso en el silencio.

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