No corras.
Yo tampoco pude.
Hay puertas que se cierran solas.
Cuando duele.
Cuando cansa.
Cuando no se llega.
La vi una noche de diciembre.
En casa.
Con dolor.Recuperándome.

Dios me llamó por mi nombre.
No con voz.
Con paz.
La Navidad no empezó con luces.
Empezó con un sí.
Pequeño.
Frágil.
Real.
Durante años pensé que la Navidad era llenar.
Mesas.
Agendas.
Sonrisas.
Y nadie me enseñó a vaciar.
Dios no entra donde hay ruido.
Entra donde hay hueco.
María lo sabía.
No tenía plan.
Ni fuerza.
Ni control.
Solo un corazón abierto.
Eso fue la Navidad de verdad.
No un mensaje.
Una vida.
He aprendido que la fe no se mide.
No va de datos.
Va de acogida.
Amelia duerme estos días con una luz pequeña encendida.
“No apagues todo”, me dice.
“Me da miedo”.
Y la entiendo.
Porque Dios hace eso.
No irrumpe.
Se queda.
Como luz baja.
La fe no grita.
Acompaña.
Y quizá por eso cuesta.
Porque no se impone.
Se ofrece.
Esta Navidad no me pide más.
Me pide dentro.
Menos agenda.
Más verdad.
Menos ruido.
Más Dios.
No hace falta entender todo.
Yo no entendí nada.
Hizo falta abrir algo.Un rato.
Una grieta.
Un sí.
Por eso incomoda la Navidad.
Porque apunta al corazón.
Ahí donde duele.
Ahí donde falta.
Y ahora lo que no dije al inicio.
Aquella noche de dolor no estaba solo.
Tenía dolor.
Mucho.
Y en medio de ese dolor entendí algo simple:
Dios no vino a cambiar mi historia.
Vino a habitarla.
Eso es la Navidad.
Esta Navidad no llenes más.
Haz sitio.
Deja entrar a Dios.



2 comentarios
Feliz Navidad, gracias por tus reflexiones que llegan al alma. Que el Niño Dios venga en silencio a cada miembro de tu linda familia. Desde Colombia, un abrazo y muchas bendiciones🙏🙏
Muchas gracias de corazón y feliz año. Unidos en oración