Hoy se cumplen tres meses de mi cuarto trasplante renal.
Tres meses de una nueva oportunidad que, durante mucho tiempo, parecía imposible. Y si hoy puedo celebrarlo es, en parte, gracias a algo de lo que casi nunca se habla.
«Eres muy complejo.»Durante años escuché frases parecidas. Muchos anticuerpos, varios trasplantes y transfusiones hacían cada vez más difícil encontrar un riñón compatible.
Pero las dificultades no terminaban ahí. La pérdida de mi pierna y el esfuerzo por salvar la otra obligaron a realizarme un bypass vascular. Lo que entonces viví como uno de los momentos más duros de mi vida terminó siendo una de las claves para poder volver a entrar en la lista de espera.
Cuando parecía que todas las puertas se cerraban, inmunólogos y nefrólogos buscaron una posibilidad donde casi no la había.

Primero entré en el programa PATHI, para pacientes hiperinmunizados con muy pocas opciones de trasplante. Después me incluyeron en un programa llamado delisting, que permite estudiar con mucho más detalle algunos anticuerpos para comprobar si realmente impedirían el trasplante. Además, en mi caso, se acompañó de plasmaféresis para reducirlos.
Todo esto puede sonar muy técnico. Pero detrás hay algo profundamente humano: profesionales que se negaron a rendirse conmigo cuando parecía que ya no quedaban opciones.
Gracias a todo ello fue posible llegar a este cuarto trasplante.

Hoy, tres meses después, solo puedo dar las gracias. Al donante y a su familia, a los investigadores, inmunólogos, nefrólogos, cirujanos vasculares y a todos los profesionales sanitarios que dedican su vida a crear oportunidades donde antes solo había límites.
Porque Dios también obra a través de la ciencia, del trabajo y de las personas.A veces, la diferencia entre un imposible y un milagro es que hubo personas que no dejaron de buscar la oportunidad que Dios ya había preparado.

