Un día llevas a tu hijo al colegio de la mano. Le das un beso antes de entrar y él se gira para despedirse.
Sin darte cuenta, llegó un día en que ya no quiere que le acompañes hasta la puerta. Otro en que prefiere no darte la mano delante de sus amigos. No porque te quiera menos, sino porque está empezando a volar. Y eso, aunque dé un poco de vértigo, también significa que está creciendo.

Con los abuelos pasa algo parecido. Muchas veces damos por hecho que siempre habrá otra comida, otra conversación u otra tarde juntos. Hasta que un día descubrimos que la última vez ya quedó atrás.

La vida está llena de últimas veces, pero casi nunca nos avisa de que lo son. Y por eso dejamos escapar momentos que parecían normales, sin saber que algún día los echaríamos tanto de menos.

Desde que la enfermedad me enseñó que nada está garantizado, intento no perderme ningún beso, ninguna conversación con Sara, ninguna locura de Amelia, ningún plan, ni ninguna oportunidad de disfrutar de sus abuelos. Incluso en los días en los que el cansancio pesa más que las ganas.
Porque al final no echaremos de menos los grandes acontecimientos. Echaremos de menos esos momentos cotidianos que parecían uno más y que, sin saberlo, estaban construyendo los recuerdos más valiosos de nuestra vida.
No nos duele la última vez. Nos duele descubrir que ya había pasado.


