Durante años sobreviví. Y, aun así, fui profundamente feliz.
La diálisis fue una etapa muy dura. Mi vida estaba marcada por una máquina, horarios, restricciones y un cansancio que parecía no tener fin. Pero cuando miro atrás no recuerdo solo el sufrimiento. Recuerdo una vida llena.
Porque la felicidad nunca dependió únicamente de mi salud.
Mientras mi cuerpo luchaba por seguir adelante, la vida seguía sucediendo. Formé una familia, crecí profesionalmente, escribí libros, acompañé a pacientes, impartí clases y compartí mi historia con miles de vosotros. Descubrí que incluso en medio de la fragilidad se puede vivir con sentido.
Pero este cuarto trasplante me ha enseñado algo que no esperaba.
No es lo mismo sobrevivir que vivir.
Sobrevivir era organizar cada día alrededor de la diálisis. Vivir es despertarme sin que una máquina marque mi jornada. Es recuperar fuerzas para crear, trabajar, soñar, improvisar, montar en bicicleta con mis hijas o simplemente decidir qué hacer con un día cualquiera.
Y qué regalo tan inmenso es esa libertad.
Ahora quiero vivir cada día por mí, por mi equipo SAP, por mis padres, por mis pacientes, por la consulta, por los proyectos que aún quedan por construir, por los libros que todavía sueño escribir y por vosotros, esta comunidad que me ha acompañado en cada paso del camino.
Porque cuando has tenido que luchar tanto simplemente por seguir aquí, descubres que la vida no consiste en acumular días, sino en llenar de vida cada uno de ellos.
Hoy doy gracias porque durante años aprendí a vivir incluso sobreviviendo. Y porque ahora Dios me regala volver a vivir con una libertad que durante mucho tiempo solo pude imaginar.

