Hoy es el día de la madre. Y yo tengo tres grandes ejemplos maravillosos cerca.

Mi madre. Siempre con una sonrisa, siempre queriendo agradar, siempre a nuestro lado. Cuantas horas de hospital juntos y cuantas risas, también dudas y confidencias. Cuantas horas hablando y miles de recuerdos. Cuánto he aprendido de su desprendimiento y confianza en Dios. Una gran maestra y confidente.

Sara. ¡Qué decir! Dio un sí a un plan de vida que sobre el papel no era el mejor. Y lo lleva con la bandera del amor, del orgullo y de la esperanza. Ver su cara el día de la llamada a trasplante compensó todos los días de dolor y sufrimiento que llevamos en la mochila. Ni en siete vidas juntos podría agradecerle tanto. Y juntos llegamos a nuestro mayor regalo, el Equipo SAP. Y verla con Amelia es entender que el amor, cuando es de verdad, no solo amor: crea, reconstruye, da vida donde parecía que no quedaba nada.

Y la Virgen. Nuestra madre, Virgen María. Sin ruido, sin explicaciones, sin apartarse cuando aprieta. Permaneciendo. Como tantas madres. Siempre cerca, siempre llevando hacia su Hijo incluso cuando no entendemos nada. Y, en mi historia, también con nombres propios: mi querida Virgen del Recuerdo y la Virgen de los Ojos Grandes de Lugo, a la que Amelia le puso una vela por mi trasplante y en 24 horas sonó el teléfono. La miro y no necesito entender tanto. Me basta con saber que está. Que no se va. Que, incluso cuando todo aprieta, hay Alguien que sigue tirando de mí aunque yo no siempre lo entienda.


