Cuando era pequeño nunca entendía por qué Jesús nos comparaba con un rebaño. Con los años he descubierto que no era una forma de rebajarnos, sino de recordarnos una gran verdad: nadie llega solo hasta Dios.

Todos necesitamos un Pastor. Pero también necesitamos hermanos que, cuando nos cansamos, nos sostengan; cuando nos desviamos, nos ayuden a volver al camino; y cuando perdemos la esperanza, nos recuerden que Él nunca deja de buscarnos.

Yo también soy una oveja más. También me equivoco, también tengo miedo, también necesito que recen por mí y me recuerden quién es el Pastor. Si algo he aprendido en mi vida es que nunca habría llegado hasta aquí solo.

Mi cuarto trasplante, tantos momentos difíciles, las veces que parecía que todo se acababa nada de eso lo he atravesado únicamente con mis fuerzas. He llegado hasta aquí gracias a la gracia de Dios, pero también gracias a la oración silenciosa de muchísimas personas, a quienes me habéis sostenido sin hacer ruido, a quienes habéis ofrecido una misa, un rosario, una palabra de ánimo o simplemente habéis pronunciado mi nombre delante de Dios. Seguramente nunca sabré todo el bien que habéis hecho, pero estoy convencido de que muchas de esas oraciones me han sostenido cuando yo ya no podía.

Por eso intento hacer lo mismo con los demás. Cuando comparto una reflexión, escribo un libro, doy una conferencia o rezamos juntos, no busco que nadie me siga a mí. Bastante tengo con intentar seguirle yo. Solo deseo que todo lo que comparto acerque a alguien un poco más a Dios, como tantos me han acercado a mí con su oración y su ejemplo. Si este año una publicación, una conferencia, una página de mis libros o una oración compartida ha servido para ello, entonces todo habrá merecido la pena.
Porque al final no se trata de cuántas personas caminen detrás de nosotros.
Se trata de que lleguemos todos, juntos, hasta el Pastor.


