Hay muchas cosas que pocos esperan vivir en el primer trasplante. En los demás cuentas con ello, pero se vive con la misma intensidad.
La primera, los cambios. Buenos, pero no siempre fáciles. Después de seis años y medio convencido y con mi mente programada para solo poder beber dos vasos de líquido al día, eso no está solo en la cabeza, está en el alma y en cada gesto cotidiano.
Y de repente te dicen que tienes que beber mucho. Y aunque sabes que es bueno, los primeros días hay algo dentro que se resiste. Ese “límite” salta como una alarma. Hasta que poco a poco reeducas el cuerpo y también la libertad.
También vuelven pequeños caprichos. Cosas sencillas que antes no podías comer y que ahora saben distinto. No por el sabor, sino por lo que significan.
Cambios en la piel, en su textura, en el brillo. Muchas veces digo que un trasplante es como esa planta en verano que se queda caída, sin fuerza, y al regarla vuelve a levantarse en cuestión de horas. Así se siente el cuerpo. Desaparece ese cansancio extremo que te acompaña todo el día aunque el cuerpo siga dolorido por la cirugía.
Cambia la tensión. Yo vivía en 7/4. Ahora se ha ajustado un poco. Y eso, para quien lo ha vivido, es un mundo.
Están los dolores propios de la cirugía, claro. Esos no te los ahorra nadie.

Y hay algo más que no siempre se cuenta. Empieza una nueva rutina con la medicación. Pastillas que con sus horarios estrictos y efectos secundarios, no son un problema sino un compromiso. No son una carga, pero sí un recordatorio constante de que esta nueva vida hay que cuidarla. De que el regalo no termina en el quirófano. Empieza ahí de nuevo.

Aprendes a mirar el reloj de otra manera. A entender que cada toma tiene un porqué. Que el cuerpo ahora vive en un equilibrio delicado que hay que respetar. Y que cuidarse deja de ser una opción para convertirse en una forma de agradecer.
Y qué decir de dejar la diálisis. Algo impresionante. Pasar de vivir gracias a una máquinas hacerlo gracias a Resu.
Y llega el último sentimiento, el más difícil de explicar.
No es culpa. Es algo más profundo. Una mezcla de responsabilidad y agradecimiento infinito hacia el donante. Porque, como os he dicho muchas veces, en medio de su dolor más extremo, nos regalan una felicidad inmensa.
Ver estos días las caras de Sara y Amelia, de mis padres su alegría, su emoción, ese abrazo de Sara al salir de alta, y la carrera de Amelia al verme en casa sin esperarlo eso ya se queda grabado para siempre.
Y todo eso tiene un origen.
Por eso, solo queda dar gracias. A Dios, por tanto.

