Después de un trasplante de riñón al bajar mucho las defensas para evitar el rechazo si detecta el cuerpo que el riñón no es suyo, además de la medicación, hay que estar muy aislado.
Es la mejor forma de prevenir, alejarse un tiempo de todo y todos. Y aquí vuelve a ser impotente la cabeza y actitud. Muchos amigos me escriben que quieren verme y les entiendo y me apetece. Lo fácil sería quedar con ellos en una terraza, pero los primeros meses es un riesgo innecesario.
A mi me encanta quedar con gente, charlar, compartir ratos de calidad con amigos sería muy fácil sucumbir. Pero igual que hacia con la diálisis que no pensaba que era una tortura, que lo es, sino que era mi aliada que a un alto precio me regalaba un día cada día hasta llegar donde estoy hoy, así afronto el aislamiento. Resu, el riñón, quiero que esté conmigo 25, 30 años, ¿que son 10, 12 semanas de retrasar esos momentos de compartir?
Había pocas opciones para este milagro, que en principio no se iba a dar porque no estaban mis vasos preparados para un trasplante, luego gracias al bypass de la pierna para intentar mantenerla más que salvarla entré en lista de espera y me dijeron que la probabilidad era 0,9%.
Pero las matemáticas son caprichosas e interpretables. 0,9% comparado con 100% es casi nada, pero es algo. Pero 0,9% comparado con 0 es un abismo, porque es de la nada a algo, la diferencia es mayor. Y así fue, se hizo el milagro.
Se que cada semana será más duro estar aislado y tendré más ganas de ver a los míos. Pero entre operaciones, ingresos, etc. llevo entrenamiento de sobra.
Además se lo merece el donante y familia, Sara y Amelia y ver sus caras de felicidad infinita y de liberación, mis padres igual y muchos amigos que están deseando verme, pero no merece la pena correr y mejor en breve.
El Equipo SAP me da la fuerza y esperanza para seguir. Y gracias a Dios ese “todavía no” ya está mucho más cerca de convertirse en un “por fin, sí”.



