¡Me quedo con lo bueno!
Me quedo con un pueblo físico, como Urda, Adamuz, Valencia o cualquier otro lugar que haya sufrido un incendio, una DANA, un atentado o cualquier otra desgracia. Pero también me quedo con un pueblo emocional, España. Un pueblo que, ante las tragedias, no es que esté a la altura, es que saca nota.
Me quedo con quienes corren hacia el lugar de un accidente para ayudar, con quienes llegan desde toda España para quitar barro en Valencia, con los miles de personas que donan sangre y con las cadenas de vehículos todoterreno que se organizaron para llevar a enfermos a diálisis durante las nevadas. Me quedo con quienes, sin conocer a las personas a las que ayudan, son capaces de dejarlo todo para estar a su lado.
«¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!». Da igual lo mal dirigidos que podamos sentirnos a veces. Cuando llega una desgracia, los españoles nos olvidamos de las diferencias, de la ideología, del credo o del nivel económico. Nos reconocemos como hermanos y salimos a ayudar. Como se decía en Valencia, el pueblo salva al pueblo.
Por eso, hoy vuelvo a rezar con fuerza por los fallecidos, por los heridos y por todos sus familiares, que tendrán que aprender a vivir con una ausencia que lo cambiará todo para siempre. No hay palabras capaces de aliviar semejante dolor, pero sí personas dispuestas a acompañarlo.
Y doy gracias a Dios por la generosidad de España y de los españoles. Por esa luz que aparece incluso en los días más oscuros, como la luz del otoño que se cuela entre los árboles. Una luz que no borra el dolor, pero que nos recuerda que nunca estamos del todo solos.
Que nunca nos falte esta generosidad. Porque, al final, el examen definitivo no será el de nuestras ideas, nuestros cargos o nuestros éxitos. Será el del amor.

