Van pasando los días trasplantado y miro atrás y hago balance. Todo en la vida tiene su lado bueno y sus contras, por no decir malo, me gusta más, menos bueno.
El trasplante ha sido el regalo más grande que hemos recibido en muchos años. Pero a veces parece que solo tiene cosas buenas, y no. También tiene renuncias. Renuncias reales. Algunas pequeñas otras que cuestan.
Hay un aislamiento severo que lo he enfocado como tiempo para el Equipo SAP, para leer, escribir, pasear, rezar, vivir sin reloj salvo para la medicación. He tenido que renunciar a ir a la Marcha por la Vida, que voy todos los años y me encanta, a ir a ver al Papa, que no viene cada día. A estar firmando mi nuevo libro en la Feria del Libro que es una sensación espectacular. A abrazar con libertad. A improvisar.
También están los efectos de la cirugía. La medicación. El cuidado constante a una infección. Las revisiones y preocupaciones previas aunque sepas que va bien.
Pero está la otra parte de la balanza. Y pesa muchísimo más.
Porque he dejado atrás la diálisis. Porque mi cuerpo ha dado un cambio radical. Porque vuelvo a tener energía para vivir y no solo para sobrevivir. Poder beber un vaso de agua sin cargo de conciencia. Porque el día de la llamada vi emocionarse de tal forma a Sara, a Amelia y a mis padres que jamás olvidaré y solo eso compensa tanto como han sufrido ellos también. Tener tensión de humano. Porque después de muchos años sintiendo que la tormenta no acababa nunca parece que el futuro escampa.
Y ojalá, si Dios quiere, nos queden muchos años por delante de libertad donde no tendré que medir que hago, a quien veo o qué plan tengo. Podré elegir.
El trasplante me ha quitado cosas. Claro que sí. Pero me ha devuelto la vida. Sin duda alguna las ganancias compensan todas y cada una de las renuncias con creces.
Una vez más dar las gracias al donante, sin él nada de esto estaría pasando y a Dios por este milagro.


