El dolor. Un trasplantado.

“¿Lo mejor de todo?, la capacidad ​infinita del ser humano para adaptarse, asumirlo y sobreponerse al dolor, a la incapacidad y a los problemas. La capacidad de nuestra actitud para convertir una minusvalía en una supravalia al verse obligado a saltar cada día varías vallas de la carrera infinita de obstáculos cada vez más grandes.” El dolor. Un trasplantado.

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No están siendo unos días fáciles, el dolor se ha unido a mi vida en una relación parasitaría, no entiendo su beneficio, pero si mi perjuicio.

Analizando, llevo con dolor intenso en las piernas desde principios de 2019. Mejoró con el confinamiento al no movernos, aunque a la larga fue peor y acabó con una amputación. La otra pierna va resistiendo aunque con procesos de dolor, a veces llevadero, otras intenso y otros días, como hoy, que me cuesta hasta escribir.

Lo peor es que cuando más molesta es por la noche. Al tener un tercio menos de riego del necesario, y eso que se ha multiplicado por 4 después de las dos grandes cirugías de hace unos meses, en la cama, al estar tumbado, llega menos sangre que cuando está en declive, es decir, colgando. No hay nada más agotador y desestabilizador que no dormir o hacerlo de forma escasa día tras día.

Desde agosto, para no sentirse solo trajo con el a un amigo, un fuerte dolor en las manos que me produce pérdida de fuerza y me aumenta también por la noche, será que se juntan a bailar.

El dolor de la pierna tiene poca solución hasta que llegue sangre en niveles normales y a día de hoy no hay cirugía para hacerlo y las manos, hasta que me operen. Tengo un doble túnel carpiano, cuatro dedos en resorte y un principio de dupuytren. Una broma muy molesta y más para un fisioterapeuta y otra valla en esta larga carrera que no me deja descansar.

¿Lo mejor de todo?, la capacidad infinita del ser humano para adaptarse, asumirlo y sobreponerse al dolor, a la incapacidad y a los problemas. La capacidad de nuestra actitud para convertir una minusvalía en una supravalia diaria al verse obligado a saltar cada día varías vallas de la carrera infinita de obstáculos cada vez más grandes.

Hoy, a pesar de este dolor que tanto me limita, intento cumplir con mi meta de mínimo 7 km al día caminando. Aunque lo consigo pocos días últimamente, ninguno dejo de intentarlo. Hay días que piensas que no puedes más, que dan ganas de renunciar al objetivo. Hoy, caminando ha habido un momento que de tanto dolor y unido a la baja tensión, 8/5, que me deja la diálisis, me he mareado en la calle. Hasta que no he estado cinco minutos sentado, no ha empezado a disminuir.

¿Cosas buenas? directas ninguna. ¿Indirectas? Me han cogido dos señores geniales, de 91 y 86 años, que cada mañana tienen una tertulia en el Hotel Princess, de Orense, donde durmió mi familia en mi boda, y me han sentado con ellos hasta que se me ha pasado. Y luego hemos estado una hora juntos. Cuánto aprendo de la gente, sobre todo de los niños por su capacidad de asombro y esa inocencia y curiosidad ilimitada que les hace sabios y los sabios mayores, que versados o iletrados, sólo por la suma de días vividos, son enormes enciclopedias de la vida, del amor, de una existencia sin prisa y de tener tiempo para hacer crecer a los demás con su amor.

Es una desgracia el dolor, pero igual que la energía, que ni se crea, ni se destruye, se transforma, el dolor transforma. A mi me obliga y transforma, quiera o no, por las buenas o por las malas, a ser humilde y dejarme ayudar. Y esa transformación produce una reacción contraria y multiplicada de grandeza en el otro. Los otros son sobre todo mi Equipo SAP, Sara y Amelia, que cada día me acompañan y arropan y otros, en circunstancias puntuales, como estos dos geniales señores.

La vida no es como viene, sino cómo la afrontamos. Estoy pasándolo mal por el dolor y estos últimos días especialmente. Pero eso no puede anular la alegría de volver, dos años después, a Galicia los tres. No puede nublar el pasar ratos los tres, jugar con mi hija horas infinitas sin móvil, tiempo de calidad sin prisa, sólo ella y yo. O cuando hace que el tiempo se detenga como en este vídeo improvisado de hace un año, no dejéis de verlo: ver vídeo. No pueden eliminar de mi corazón los ratos de complicidad, a veces en silencio y casi siempre de palabra que pasamos Sara y yo.

Quiera o no, éste compañero no se irá, al menos en el corto plazo. Puedo dejarle ganar y hundirme y estar triste y sin hacer nada o puedo darle la batalla hasta el final e intentar demostrarle que soy capaz de avanzar sin escuchar su negativo y tenebroso susurro en mi oreja, sus halos de desesperanza sobre mi corazón.

Amelia la primera vez que vio la prótesis.

Es como vivir en la Pasión cada día, resguardado en el monte de los olivos, a veces entran dudas. Por eso leo tanto el relato de Getsemani. Ese que tanto me ayudó, no sólo a abrazar mi Cruz, sino a quererla y a hacerla mucho más liviana. Así que, entre mis ganas e ilusión, la esperanza de mil proyectos, conferencias y sueños que tengo, la fuerza infinita que me dan Sara y Amelia, mi Equipo SAP, que cada día me dan la fuerza y ganas que la enfermedad me roba y el cariño, oraciones y buenos deseos que recibo cada día de forma directa, por mensaje, llamada, redes sociales o cuando me paráis en la calle, es suficiente aliciente para seguir adelante. Gracias a Dios y a los que me ayudáis.

No dejéis de compartirlo para que los que viven bajo el mortal peso del dolor puedan tener un agujero de esperanza en los negros nubarrones que les cubren.

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