Antes de dormir, hago tres cosas.
La primera: dejo en manos de Dios todo lo que me pesa, me duele o no entiendo. Mis preocupaciones, mis miedos, aquello que no sé por qué ha ocurrido. Se lo entrego y confío. Porque sé que Él lo acoge con un cariño enorme, con los mismos brazos abiertos con los que nos acogió en la Cruz. Porque un relojero disfruta cada reloj, pero se le pasa el día con los relojes averiados.

La segunda: le doy gracias por todo. Por un nuevo día, por quien me ha ayudado y por quien he podido ayudar. También por aquello que no entiendo y, a veces, incluso por aquello que no quiero. Porque he aprendido que no siempre tenemos que entender para confiar. Hay cosas que solo con el tiempo descubrimos que eran necesarias, que tenían un sentido y que, aunque no lo viéramos entonces, eran para nuestro bien. También estoy convencido que en el cielo entenderemos todo al ver la foto completa. Y veremos que era necesario, que era para bien.

Y la tercera: le digo que le quiero. De forma consciente, clara y sincera. Le digo que confío en Él y le pido que me insufle esperanza, que aumente mi confianza y que me ayude a ser como un niño que se sabe querido y se abandona en los brazos de su Padre. Sin medidas, sin condiciones, sin dudas, con confianza ciega.
No siempre lo consigo. Pero cada noche vuelvo a intentarlo, sin dejar de intentarlo, aunque unos días sea cansado y otros con menos ganas. Porque la fe, como la vida, es eso, dejar de anhelar tener todas las respuestas y aprender a descansar en Aquel que sí las tiene.
Y entonces, puedo dormir tranquilo. Porque no hay mejor almohada que una conciencia tranquila.


