Con el pasar de los años…. Un trasplantado.

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Una vez os contaba que yo también lloro, que soy muy optimista, pero que a veces, como todos necesito desahogarme, vaciarme y empezar otra vez con fuerzas renovadas.

El problema son los días o épocas, que la vida se pone tan cuesta arriba, que por mucho que uno quiera coger fuerzas, no es posible, que va con la lengua fuera y el aire que entra es insuficiente para el esfuerzo requerido.

Corralejos, Fuerteventura, Navidad 2020.

Estoy en una de esas épocas. Feliz de poder trabajar a ritmo casi normal cada día, pero a la vez derrotado. Me sostiene la alegría, la fuerza del deber cumplido, la energía de la pasión compensada, el combustible del cariño de los míos, de pacientes y alumnos, que hacen que pueda seguir cada semana. Pero he de reconocer, como era de esperar, que después de un año tan atípico en lo laboral, entre la pérdida de Taurino, el covid y mi problema en la pierna, mi cuerpo va perdiendo fuerza y lo que antes era una colina, ahora es un puerto de primera, categoría especial.

Como punto positivo, me hace más consciente de mis limitaciones y aumenta mi sensación de gratitud por poder llevar una vida lo más normal posible. Ayuda a valorar los momentos más pequeños. Como punto negativo, que esa propia limitación, físicamente es una losa que va pesando según pasan los días de la semana. Tanto peso, que a veces dificulta, no ya sólo disfrutar, sino ponerse en marcha.

La vida, la de todos, no deja de ser un contrapeso de opciones. Si hago una cosa renuncio a otras. Pues ese renunciar a parte de un descanso que podría venirme bien, psicológicamente sería mortal. Quedarme en casa, día tras día, es dar una oportunidad a la cabeza a pensar, a entrar en círculos que no son buenos, de los que es fácil entrar, pero complicado salir. Por eso, a pesar del gran esfuerzo que supone, intento siempre hacer la vida más normal y tener la cabeza lo más ocupada posible. Aunque a veces salga algo de humo.

En el término medio está la virtud, tan deseada y tan difícil de alcanzar. En lo que la semana uno te quedas corto, la dos te pasas y así sucesivamente. Lo buena de la experiencia, es que nos vamos conociendo a nosotros mismos y lo bueno de los años, es que cada vez tenemos menos necesidad de demostrar y más de disfrutar. O al menos eso me pasa a mí. Como dice mi amigo Josito, se te quiere como eres, no necesitamos demostrar nada a los que nos quieren. Ya no necesito como hace muchos años, y alguna vez me ha recordado otro buen amigo, Willy, demostrar que llego a todo y que hago cualquier cosa como los demás, a costa de un esfuerzo superlativo.

En definitiva, disfrutar con lo que somos y en buscar nuestro mejor yo, en lugar de vivir apegados a lo que nos gustaría ser, a lo que no tenemos o a lo que pudimos ser. Esto último nos amargaría y limitaría la capacidad de disfrutar y lo primero nos llevaría hacia nuestra máxima realización.

Se me vienen a la cabeza muchas formas de definirlo, pero una de ellas, es sin duda de mi cantante favorito, compartido con mi gran amigo Nacho, Julio Iglesias, en «Agua dulce, agua salada».

«Con el pasar de los años
Hay que dar bien los pasos
Tomar el mejor camino
Aunque se te haga el más largo
Con el pasar de los años

De las penas se aprende
El corazón se hace duro
Y el sentimiento más fuerte»

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En el cuento algunas de las cosas que a mí, como enfermo crónico y como sanitario, me ayudan a llevar mi enfermedad y sus consecuencias y a la vez intentar alcanzar la felicidad. Ya podéis comprarlo en el siguiente enlace: