El otoño de mi vida. Un trasplantado.

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Fría pero bonita tarde de otoño. El ocaso se acerca, bajo la suave brisa que mece las hojas del roble viejo. Brisa que va cogiendo fuerza y tornándose en viento, viento que va arrancando las hojas una a una del añejo y experimentado árbol. Curiosa y bonita dicotomía, de las estampas más bellas, la del campo otoñal rodeado de cientos de amarillos en sus hojas , iluminadas por el rojo y tibio sol de otoño; a la vez, el árbol queda desprotegido y desangelado, sólo y menos bonito, aunque siempre majestuoso.

Pero días que no valoraríamos en su justa medida si no faltaran de vez en cuando, si los tuviéramos siempre a mano.

Cómo el otoño de nuestra vida, cíclicamente tenemos momentos duros, momentos de dolor, hasta de soledad no escogida, que nos desgarran por dentro y dejan sin el abrigo de nuestras hojas. Momentos que sirven para valorar la primavera y el verano, esos días de alegría infinita, en los que todo parece salir como queremos. En los que todo surge fácil, como los ríos florecientes con las primeras lluvias que discurren sin dificultad.

Cómo la vida en el campo, es en estos días ásperos, fríos, duros, donde nos recogemos, abrigamos, cuidamos con buenos pucheros, en definitiva, nos adaptamos a los fríos, que siempre son el preludio de los tiempos mejores.

Así la vida, tiene duros momentos, de incertidumbre, de adversidad, hasta de fracaso personal. Pero son los que nos curten, los que retuercen la corteza como si fuéramos un roble milenario, los que nos hacen expertos luchadores de la vida. Los que de verdad cuentan, los que hacen crecer.

No es agradable vivir esos momentos, pero es inevitable. Sólo nos queda hacer de la adversidad oportunidad y crecer con ellos. No siempre el roble crece recto, porque a veces los vientos son despiadados y no siempre persiste su guía. Pero si esta se rompe, rápidamente otra toma el testigo y con un pequeño, o grande, giro en el camino, el roble nunca deja de mirar hacia arriba. Nunca olvida su objetivo. Siempre va hacia el. Cómo el hijo que mira con admiración al padre, así el árbol siempre crece hacia arriba. Cómo si creciera hacia Dios.

En estos tiempos duros y complicados que vivimos en España, y en el mundo entero; que vivo por mis circunstancias de salud; cómo el joven aprendiz que se fija en su maestro para aprender su oficio, así me fijo yo en el viejo roble para salir adelante, para crecer cada primavera, gracias a la experiencia y fuerza adquirida cada invierno. Igual que cada día tiene su afán, cada época tiene su enseñanza, unas las vemos rápidas, otras más tarde y no pocas no las entendemos. Pero tenemos las fuerza que Él nos da y eso vale.

No olvidemos que debemos hacer por crecer y ser felices cada día. Cada día tiene más motivos para reír, que para llorar. Aunque a veces las lágrimas no nos dejan ver el sol. No olvidemos que después de cada otoño, llega el invierno y luego la primavera otra vez. Esto son ciclos, en los que vamos aprendiendo cada día. En nada vuelve a florecer el roble y mi vida, que esperemos le queden muchos otoños, que será que vivo mucho.

¡A por nuestros objetivos! ¡A crecer como el roble!

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