Recibir la comunión.
En la habitación de un hospital todo es distinto, la emoción es mayor, la sensibilidad se aumenta y lo malo pesa más. En esas emociones entra el centro de la vida de un cristiano, la comunión. Poder recibirla cada día en un hospital no es algo rutinario, es un regalo inmenso, casi desproporcionado, que solo entiendes de verdad cuando te ves débil, cansado o roto. Que suerte los equipos de capellanes y voluntarios.
He recibido la comunión en la UVI, con mucho dolor y momentos duros tras la amputación y ahora con mucha felicidad con el trasplante. Y hay algo que se repite en todas las situaciones.
Ese instante previo en el que rezas y dices “Señor, no soy digno…” sin filtros, con toda la verdad de tu vida encima. Luego levanto la mirada, contemplo la forma y al comulgar, se me rompen todos los esquemas por dentro. Se me saltan las lágrimas sin poder evitarlo, no por tristeza, sino por una emoción tan grande que no cabe en el cuerpo. Es una mezcla de paz, de agradecimiento, de sentirme profundamente acompañado, que me desborda por completo.
Que generosos es el Señor y que bien hace las cosas. Cuánto nos pide sin entender muchas veces, pero cuánto nos da cuando nos dejamos en Sus manos, aceptamos y abrazamos nuestra cruz y le dejamos tomar el mando.
Porque el dolor no desaparece, ni se va sin más, pero deja de ser solo tuyo. Y ahí es donde todo cambia. Como en esa imagen del yugo: no tiras solo, Él está al otro lado, sosteniendo, empujando, acompañando en cada paso.
Y entonces, incluso en una cama de hospital, incluso con heridas abiertas o con miedo, aparece una paz que no es de este mundo. Y una certeza que lo llena todo: que no estás solo, que no lo has estado nunca y que no lo vas a estar.

