Este año no he podido estar físicamente en la Marcha Sí a la Vida. Paradójicamente, la razón es una de las mejores que podía tener: hace unas semanas recibí un trasplante de riñón y el aislamiento necesario durante los primeros meses me ha mantenido en casa.
Pero la distancia no cambia ni un milímetro mi compromiso, mi implicación y mi oración por la defensa de la vida, desde su concepción hasta su muerte natural.
Quizá porque mi propia historia está construida sobre muchos «síes» a la vida.
Cuando nací, a mis padres les dijeron que probablemente no llegaría al año de vida. Sin embargo, ellos eligieron luchar. Eligieron creer. Eligieron amar. Y junto a ellos, muchos médicos que a lo largo de estos 49 años decidieron no rendirse ante los pronósticos.
Gracias a todos esos «síes» sigo aquí. He vivido la enfermedad, la discapacidad, la amputación, la diálisis y cuatro trasplantes. He conocido la fragilidad de cerca. Y precisamente por eso sé que el valor de una vida no depende de su salud, de su utilidad, de su autonomía ni de las dificultades que tenga delante.
La dignidad de una persona no comienza cuando es deseada, ni cuando es sana, ni cuando es productiva. Tampoco termina cuando llega la enfermedad, la dependencia o el sufrimiento. La dignidad humana existe desde el primer instante de la vida hasta su muerte natural, porque cada persona tiene un valor único e irrepetible por el simple hecho de ser persona.
Quizá por eso me resulta imposible separar mi historia de la defensa de la vida. Si alguien hubiera pensado que aquella vida que parecía demasiado frágil no merecía la pena, yo no estaría escribiendo estas líneas. No habría conocido el amor de Sara. No habría podido abrazar a Amelia. No habría vivido ninguno de los regalos que Dios me tenía preparados.
Hoy miro atrás y veo que mi vida es el fruto de muchas personas que apostaron por ella cuando parecía más vulnerable. Y miro adelante convencido de que toda vida merece esa misma oportunidad.
Por eso sigo diciendo sí a la vida. Sí al niño por nacer. Sí al enfermo. Sí a la persona con discapacidad. Sí al anciano. Sí a quien sufre. Sí a quien está solo. Sí a toda vida humana, sin excepciones y sin apellidos. Porque cada vida importa.
Porque cada vida es un don.

