El Recuerdo. Un trasplantado.

“Y ese amor, ese cobijo, esa protección siempre me acompañó.” Recuerdo. Un trasplantado.

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¡Recuerdo! ¿Qué recuerdo Madre mía? ¿Con cuál de los miles de recuerdos del Recuerdo me quedo? Hoy como casi todos los 31 de mayo he ido a la misa de final de curso de mi cole, Nuestra Señora del Recuero, el Recuerdo. La emoción ha sido intensa, los recuerdo infinitos y la ilusión de abrazar a quien conmigo creció, grande.

Han pasado los años, 27 desde que salí del cole y parece que fue ayer. Se me agolpan las anécdotas, vienen a mi mente muchas personas y el cariño de los que continuamos juntos el camino. Con el mismo cariño que cuando no teníamos ni bigote, recuerdo a mis compañeros de la “b”. Sin duda una clase especial. Y también de la “a” donde estuve los primeros años.

“lejos de aquestos tutelares muros,
los compañeros de mi edad feliz
no serán a tu amor jamás perjuros:
¡mantendrán sus corazones puros,
se acordarán de ti!”

Tanto nos acordamos de esos maravillosos años, que no hay plan que no acabe cantando con pasión y emoción el himno del cole y como propina el de San Ignacio. Poco entonados, pero llenos de fervor.

Recuerdo los días del Pinar, en los campos donde hoy está La Marina, las colas para comprar una pasada o una palmera de Chemo, jamás probé bollos tan ricos. Los miles de mensajes epistolares en trozos de papel que pasaban por la clase en varias direcciones. Los partidos del recreo de la comida en 5º de egb, las olimpiadas y como no los 750 de educación física y alguno extra por hablar y el minitramp. Y gracias a mi enfermedad y a que Landa no quería que sufrieran mis riñones, me libré del Cooper, Fartlek, Interval Training, etc. cómo sufrían todos salvo Diego y algún que otro elegido.

Recuerdo la inauguración del Auditorio Nacional y un compañero, con 11 años, haciendo de solista con Monserrat Caballé y Teresa Berganza. Esa es la grandeza de la escolanía, del colegio en si.

Recuerdo un viaje con el Pilun a Loyola en 8º, año 1991, por el 500 aniversario de su nacimiento, en plena adolescencia y casi acabando con la paciencia del genial Padre Javier.

Recuerdo el campamento de Vinuesa. Las marchas, formar. Izar y arriar bandera, elegir ir a misa o a la charla, siempre interesantes ambas. Los proeles, yo me saqué el de sanitario, pontonero y orientación y supervivencia te n mi último año, el premio al mejor acampado de la EGB. Premios que con orgullo colgaban del bolsillo delantero izquierdo de la camisa. Recuerdo la oración, el toque de silencio, la laguna negra y hacer rápel. Intenta coger cabras en los Picos de Urbión y beber en el nacimiento del Duero.

Recuerdo desear que llegara BUP (3º de la ESO) para poder bajar a la plaza y comprar un donuts (¿con agujero o sin agujero? preguntaba el que despachaba), alguna chuche en el puesto de Braulio al salir de clase a las 4 o tomar algo en Enro cuando éramos más mayores y antes de ir al parque de Jumbo.

Recuerdo horas en la biblioteca de BUP por haber hablado, los primeros cigarros escondiéndonos de Rafa Hernández o en el parque, escuchar la vuelta con Pablo Junco, con la radio en el armario y cada uno un casco en 1º de BUP. La llegada de las niñas también en 1º de BUP. Sueños de futuro, que unos son realidad y otros duermen en el cajón de las quimeras.

También recuerdo las consignas, las misas y el mes de mayo. Y jamas olvidaré la Salve, a la que varias veces he vuelto, con su olor a incienso y su celestial sonido en mi corazón y la emoción infantil que añoraba.

Y miles de recuerdos variados que se agolpan de forma desordenada y emocionada.

“Dicen que por el oro y los honores
hombres sin fe, de corazón ruin,
secan el manantial de sus amores
y a su Dios y a su patria son traidores.
¿Por qué serán así?”

Años en los que nos construimos como personas, como hombres de bien y de fe, aunque unos la mantuvieron y otros la dejaron por el camino. Aprendimos a rezar, a amar, a sabernos hijos de Dios y que estábamos en manos de la Virgen del Recuerdo. Recuerdo los “encuentros con Cristo” la reuniones en el despacho del Pilun en 7º y 8º, que nos daba una imagen de la Virgen al adquirir un compromiso. Imagen que aún conservo. Ratos de conocimiento de la fe embelesados con la papiroflexia que él tan mágicamente hacía.

Recuerdo la catequesis de confirmación y con recuerdo difuminado la de la comunión. Comunión que con recuerdo imborrable permanece en mi corazón como día señalado en grande, fue un 12 de mayo de 1985 y un 27 de mayo mi confirmación. Uno de los mayores regalos que nos dieron nuestros padres, fue dejarnos bajo Su manto, en Su regazo, privilegio que compartí con Amelia antes de hacer un mes. Aprendimos a saber ver el bien y encaminarnos a el.

“Bajo tu manto sagrado mi madre aquí me dejó.
Señora, ya eres mi Madre: No me abandone tu amor.”

Y ese amor, ese cobijo, esa protección siempre me acompañó. Llegaban los años difíciles en los que con 16 años, en plena adolescencia, cuando lo peor es ser el diferente, me llega la diálisis y el primer trasplante. Difícil ser más diferente a los demás que enfermo. En esos días pretéritos y en estos días oscuros, en lo que a la salud respecta, que vivo hogaño, es cuando más he notado ese manto, ese peso que acaricio, esa fuerza que abrazo, ese amor de Madre que me lleva y que sólo con dejarme hacer y llevar, con la confianza que tiene un hijo en su madre, salimos en volandas y mecidos en nuestro dolor que torna en alegría.

“Cuando la mar del mundo con zozobrante quilla
surcare mi barquilla, acuérdate de mí.

Aunque avance rugiendo la tormenta
y en mi mástil ya gime el huracán,
feliz con tu recuerdo soberano
desafío a las olas de la mar.”

Esa confianza, ese amor mecido de Madre, ha sido vital para poder aguantar todos los embates incesantes en la dura e interminable tormenta en que se haya mi barquilla, en la que sufre mi vida. Gracias a tu recuerdo soberano, a los ruegos cada día escuchados, mi vida, con el mástil molido, las velas hechas harapos, pero el rumbo intacto, la fe mantenida y la ilusión renovada cada día, camino sabiendo que mi temor, en tus manos, será confianza de éxito, será siempre para bien. Que cualquier desafío de la vida, será nada al lado de tu grandeza.

“Me arrollarán, quizás, entre su espuma.
Mas negar que me amaste y que te amé,
negar que fui tu hijo y que en tus brazos
se pasó como un sueño mi niñez,”

Y esa fuerza de los niños, esos ejemplos que cada día me da Amelia, me sirven de ejemplo, de recordatorio, de lo grande que es ser Tú hijo, del regalo que es tenerte de Madre, de que al lado de eso, todo el oro del mundo es nada. Que ni las mayores desgracias de salud, pueden con ese amor. En todas las operaciones, mi último ruego, es a la Virgen del Recuerdo. Cómo no iba a ser así Madre mía. Y semejante amor recibo de Sara, sin manto sagrado, pero con amor infinito, su sola presencia amaina el dolor, acalla los vientos y cesa la tempestad de los días oscuros de tormentas, haciendo como luz poderosa, que los días se iluminen y llenen de felicidad.

“Hoy soy tu hijo, hoy yo te adoro,
hoy te prometo perenne Fe
pero mañana, dentro de un año,
dentro de veinte. ¡Ay! ¿Te querré?”

Los hijos vuelan y cuando las cosas van muy bien se olvidan del origen, del calor materno, de la paz de casa. Pero cuando nos van torcidas, cómo nos acordamos de aquellos momentos mágicos donde estábamos protegidos y en manos inmejorables en aquellos tutelares muros. No quiero olvidarme de ti Madre mía y sólo te hago una petición postrera,

“Tú, en pago, Madre, cuando llegue el plazo
de alzar el vuelo al celestial confín
estrechándome a Ti con dulce abrazo,
no me apartes jamás de tu regazo,
no me apartes de Ti.”

Este texto lo escribo a las once de la noche del 31 de mayo de 2022, después de volver de la misa del colegio. Me ha costado acabar por las lágrimas incesantes, con un recuerdo a los compañeros que fueron a mi lado en el camino de la vida, a los profesores que nos guiaron con mucho acierto, a los jesuitas que con tanto amor y cariño nos empujaban a ser grandes personas y a todos los compañeros, antiguos alumnos, aunque no sean de la promoción del 95. Y una vez más, gracias a mis padres por el regalo de llevarnos “al cole”, al Recuerdo.

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