Los planes del Señor son inescrutables. Por el mejor regalo que he recibido en años, el trasplante, no he podido estar viendo al Papa en directo. Pero eso me ha ayudado a vivirlo con más recogimiento. Llevo con una emoción desbordante desde ayer. Gracias, Santo Padre.

Entre todos los mensajes que nos ha dejado León XIV hay uno que me sigue resonando especialmente: la importancia del silencio. En un mundo lleno de ruido, de opiniones y de prisas, nos recordó que sólo quien aprende a callar puede escuchar la voz de Dios. Y qué necesario es volver a escucharla.

Ayer, durante la vigilia, habló a los jóvenes de algo tan sencillo como profundo: nuestra misión de ser verdaderamente humanos. «¡Sed humanos!», les pidió. Una llamada tan contracultural como necesaria en un tiempo que tantas veces nos empuja a la indiferencia, al individualismo y a vivir demasiado pendientes de nosotros mismos.

También nos animó a ser «la chispa de una humanidad nueva». Porque ser cristiano no consiste en encerrarse en una fe cómoda ni privada, sino en dejarse transformar por Dios para transformar el mundo. En salir del egoísmo, cambiar la mirada y convertirnos en constructores de un mundo nuevo, más humano, más fraterno y más abierto a la esperanza.

Y hoy, en una Cibeles abarrotada, volvió a señalar lo esencial. El Cristo que adoramos es el mismo que sale a nuestro encuentro en quien sufre, en quien está solo, en quien necesita una mano tendida. La fe auténtica nunca termina en nosotros mismos. Siempre nos empuja a amar más.

Quizá por eso estas horas me han llegado tan hondo. Porque más allá de los actos, de las imágenes y de la multitud, he sentido cómo el Señor volvía a hablar al corazón. Cómo llenaba de fuerza mi alma y de gozo mi corazón. Cómo renovaba, una vez más, la certeza de que merece la pena seguir confiando, seguir caminando y seguir permaneciendo a su lado.
Gloria a Dios, que sigue haciendo nuevas todas las cosas.


