El 5 de junio hizo dos meses del trasplante. Han pasado 61 días desde el trasplante. 61 días sin diálisis. 61 días pudiendo elegir, beber agua cuando tengo sed, comer un plátano si me apetece o afrontar más de diez días seguidos por encima de los 30 grados sin que mi cuerpo lo viva como una auténtica tortura. Son muchas las cosas que han cambiado en este tiempo. He pasado de convivir con tensiones de 6-7/3-4 a recuperar una normalidad que durante años parecía inalcanzable. A veces todavía me cuesta creer que aquello que durante tanto tiempo parecía un sueño imposible sea hoy una realidad. Una suerte nunca haber perdido la esperanza.
Pero si algo he aprendido en estos dos meses es que el mayor regalo del trasplante no se refleja en una analítica ni en una cifra. El verdadero milagro está en las personas que mas quiero.

Porque Resu, este riñón que trabaja silenciosamente dentro de mí, no solo me ha devuelto salud. De alguna manera nos ha sanado a todos. Lo veo en la mirada de Sara, donde la preocupación constante ha ido dejando espacio a una paz que hacía mucho tiempo que no veía. Lo veo en Amelia, que vuelve a tener un papá con más energía, más fuerza y más futuro por delante. Lo veo también en mis padres, cuya emoción estos días dice mucho más que cualquier palabra. Después de tantos años acompañando mi sufrimiento, ver que existe una solución que, Dios mediante, puede reducirlo de forma tan drástica les ha devuelto una tranquilidad que también merecían.
Estos meses están siendo una auténtica escuela de vida. El aislamiento necesario me mantiene lejos de muchas personas a las que quiero abrazar y agradecer en persona todo lo que han hecho por mí. Sin embargo, también me ha regalado algo muy valioso: tiempo. Tiempo para vivir sin prisas. Tiempo para reaprender a vivir con calma. Tiempo para disfrutar de Sara y Amelia, nuestro pequeño Equipo SAP, saboreando cada instante como el regalo que realmente es. Tiempo para estar con mis padres y contemplar juntos esta nueva etapa que tanto hemos deseado.
Son días de escribir mucho, leer todavía más, hacer ejercicio, rezar y cuidar el cuerpo, la cabeza y el alma. Días para adaptarme a un cambio tan radical como maravilloso. Porque incluso las mejores noticias necesitan su tiempo para ser asimiladas.

Y en medio de toda esta felicidad hay un agradecimiento que ocupa un lugar especial. El que siento hacia mi donante y su familia. En uno de los momentos más duros que puede atravesar una familia, tomaron una decisión de una generosidad imposible de medir y nos regalaron vida. Una vida que hoy se traduce en salud, en esperanza, en planes, en abrazos, en sonrisas y en una paz que parecía perdida. También gracias al equipo de trasplantes, al personal sanitario, a mi familia, a mis amigos y a todos los que me habéis acompañado con vuestro cariño y vuestras oraciones. Habéis sido un pilar fundamental en este camino.
Solo puedo terminar mirando atrás y comprobando cuánto bien ha traído este trasplante en apenas dos meses. Un bien que ha llegado a mí, pero que se ha derramado sobre tantas personas que quiero. Por eso hoy, con el corazón rebosando gratitud, solo puedo decir:
Alabado sea Dios por este milagro.

