Pasamos media vida buscando una vida perfecta, corriendo por llegar cada día a más, queriendo controlar todo y es imposible.
Un día nos levantamos y la vida nos ha cambiado las cartas y todo es distinto. Todo ha cambiado y lo pasado no vuelve.

La perfección nos evitó vivir las maravillas de nuestra vida imperfecta. Ninguna familia es perfecta, ningún amigo, ningún trabajo, ni nosotros mismos, ni la vida. Pero cada día es perfecto para nosotros.
Correr nos lleva con la lengua fuera persiguiendo sueños que muchos nunca eran realidad, ni nos acercaremos a ellos. Pero la mirada de un hijo, el compromiso de un matrimonio, una charla con un amigo de verdad, un buen libro, etc. nos llevan lentos, pero seguros y mucho más satisfechos.

Y cuanto más queremos controlar, más cosas se escapan de nuestra mano, porque no somos dueños de los tiempos de nada o casi nada. Vivir al día disfrutando el afán de cada momento es la mayor riqueza que hay. Lo bueno porque es bueno y lo malo porque nos prepara para lo bueno que viene, todo nos construye y transforma y es necesario vivirlo.
Quizá la vida perfecta no sea la que conseguimos que salga como habíamos imaginado, sino la que aprendemos a mirar con asombro cuando no sale como esperábamos. Porque, al final, la vida no necesita ser perfecta para ser extraordinaria.


